-Qué gran noche…
El Rey de Vía-Valúa disfrutaba del olor a jazmín y del galán de noche mientras daba su habitual paseo a caballo por la campiña.
-¿No os parece una gran noche? -preguntó a su escolta.
Éstos respondieron con un “Sí, Majestad” casi al unísono.
El Rey Murno. Un apodo que la voz popular le había puesto al que en realidad se llamara Düstar Bendecido por los Dioses. Intentaba impresionar a su séquito con su conocimiento sobre la botánica del lugar, cada noche repetía las mismas palabras, ya que siempre tomaban el mismo recorrido. Si su séquito pudiera decir lo que pensaba, “pesado” sería la definición correcta del Rey.
Tenía una peculiar obsesión hacia lo que pensaran los demás sobre él. Era un Rey, y debía demostrar constantemente lo que sabía a los demás.
-El jazmín se poda a principio de año. Brota con la entrada de la primavera y de sus brotes, cuando casi llega el verano, florece en zonas cálidas, pero en las zonas frías, no florece hasta casi la entrada del otoño...
Su escolta, formada por dos hombres, afirmaba ante todo lo que salía de la boca de su Majestad. No podían hacer más.
El camino llevaba por una ladera que se alzaba en el lado derecho. El Rey estaba a punto de abrir la boca para explicar, una vez más como cada noche, las peculiaridades del moho en los árboles, pero había algo más en aquel lugar… Algo brillaba bajo la luz de la Luna…
-¿Qué será eso? -preguntó el Rey, señalando con el dedo hacia la ladera. La escolta preparó sus armas-. Nunca había visto algo semejante.
Era una forma agazapada entre los árboles, dorada y brillante como el oro. La escolta se bajó del caballo, espada en alto, avanzando lentamente hacia aquel descubrimiento.
-¿Qué sois? -preguntó el Rey desde su caballo-. ¡Descubríos, os lo ordena el Rey de Vía-Valúa!
A continuación, el extraño bulto dorado se puso en pie. Era una especie de caballero. Su armadura era brillante y dorada, y sobre sus hombros se desplegaba una bella capa de color azul.
-Como vos queráis, su Majestad -dijo el extraño individuo.
Entonces dio un salto desde la ladera y aterrizó justo ante el caballo del Rey. Fue tan rápido, que la escolta apenas logró ver nada, salvo una centella dorada sobre sus cabezas.
-¿Pero qué clase de brujería…?
-No es ninguna brujería, Majestad -dijo el extraño individuo, desenvainando lentamente una espada escondida bajo su capa.
La escolta acudió a auxiliar al Rey. El extraño de la armadura dorada no tuvo problema en luchar contra ellos, ni tampoco tuvo problema en desarmarles y herirles, para que no pudieran huir velozmente del lugar con sus caballos ni contraatacar.
-¡Huid, Majestad! ¡Huid! -ordenó uno de los escoltas que había recibido un tajo en la pierna y apenas podía sostenerse en pie.
El Rey obedeció. Dio la vuelta desde su caballo y galopó en dirección opuesta.
El extraño de la armadura dorada sustrajo el arco y una flecha de uno de los escoltas heridos. Apuntó en la dirección que había tomado el Rey y disparó.
El caballo del Rey se encabritó, lanzando un relinche antes de caer al suelo. El Rey quedó atrapado bajo el animal. El extraño de la armadura dorada corrió hasta él.
-¿Quién sois vos? -preguntó aterrado el Rey, cuando pudo verle más de cerca. Llevaba un casco también dorado, que le ocultaba toda la cara-. ¡Descubríos!
El extraño no habló más… Se limitó a decapitar al Rey allí mismo, sin ningún pudor. Cogió su cabeza y su sangre se derramó por todo su casco y parte del pecho de su armadura.
Volvió al lado de la escolta, que intentaba levantarse del suelo. Sus heridas eran superficiales, pero sus caballos habían huido tras el ataque, el camino era largo y no podrían luchar en ese estado. Era el fin, pensaron. El extraño ya estaba junto a ellos, sosteniendo la cabeza de lo que segundos antes fuera su Rey. Sus caras lo decían todo. Estaban profundamente horrorizados.
-Tranquilizaos, no os mataré -dijo el extraño-. Os necesito. Quiero que llevéis un mensaje al Pueblo… La tiranía está a punto de acabar…
Prólogo dedicado a Patricia, la que me ha ayudado tanto en este blog como en mi día a día ^^

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