Dorgo volvió a darse la vuelta en la cama. Sabía que era de día. El haz de luz que entraba por entre los postigos de la ventana delataba a la mañana. Y seguramente, no era ni tan siquiera temprano.
Finalmente decidió levantarse, no sin quejarse y vomitar al lado de la cama. Demasiado alcohol ayer, pensó. Se miró a sí mismo. Lucía aún un cuerpo jovial y su rostro no mostraba señas de vejez alguna. Su melena, larga y rubia, empezaba a tomar signos de falta de higiene, y el vello de su rostro, aunque escaso, estaba casi siempre manchado de ron y cerveza.
-¿Ya es de día? -preguntó, dejando incluso una pausa, como si alguien, en aquella habitación mustia de posada barata, le fuera a contestar-. Maldita sea…
Miró su vómito en el suelo. Tendría que convivir con él todo el tiempo que estuviera en aquel lugar, o cambiar de posada. Su optimismo le decía que tendría para pagarse otra posada en otro lugar, aunque en esta tenía confianza y una planta abajo donde empinar el codo todo lo que quisiera.
Se lavó la cara en una pila que había cerca de la ventana. No quería abrirla de par en par porque tanta luz le cegaría. Sabía que era tarde. El mercado que había en la calle era tan ruidoso que se preguntó cómo no se había despertado antes. Se miró en un pequeño espejo que guardaba en uno de sus bolsillos. Se veía bien pese a sus ojeras. Su mirada era seria. Su boca, de labios finos, susurró al reflejo la palabra “ron”. Su aliento era de un olor inconfundible. El alcohol le estaba esperando abajo con los brazos abiertos, y eso le hizo sonreír pese a su mal despertar.
Pero antes, se vistió. No con la ropa normal de cualquiera que estuviera de paso, sino con una armadura sucia, abollada y dorada y una capa azul aterciopelada con algún que otro agujero y jirón. A dicha armadura le acompañaba su inseparable espada. Hacía diez años que no la sacaba de la vaina. Y deseaba que pasaran al menos otros diez sin tener que hacerlo.
-Hoy no has madrugado mucho -dijo Astos, el posadero, cuando Dorgo hizo acto de presencia en la barra-. Y no me sorprende, anoche montasteis tú y aquellos milicianos una buena fiesta aquí abajo.
-Yo no recuerdo nada… -contestó, casi en un susurro-. Ah, por cierto, lo siento pero… Creo que he vomitado en la habitación…
Astos le miró con lástima.
Dorgo miró con ánimo el grifo adherido al enorme barril que Astos estaba utilizando para llenarle una jarra. Aun no estaba despierto del todo, pero el fino olor del ron le atraía como la miel a las moscas. El caldo entró en su paladar como una seductora ambrosía. Iba a ser un día largo. Y se lo iba a pasar allí sentado, como siempre, contento hasta el mediodía, y en estado de embriaguez desde la tarde.
-Astor, eres mi salvador -aquel plan le gustaba. Se estiró y bostezó contento-. ¿Alguna noticia hoy? ¿Ha pasado algo en esta ciudad lo suficientemente importante como para que intercambies más de cinco palabras conmigo?
-El Rey Murno ha muerto -dejó caer secamente.
-Eso son cinco. Pedí más.
-Asesinato. Ahí tienes tus seis.
-¿Asesinato? ¿Quién?
-No se sabe, pero lo más gracioso es que testigos eventuales dicen… Que llevaba una armadura dorada y una capa azul, como tú.
Aquello hizo despertar del todo a Dorgo. Y sin necesidad de alcohol.
-¿Cómo? -preguntó, casi incrédulo.
-Tranquilo, dudo que te busquen a ti -dijo el posadero casi a punto de echarse a reír-. El individuo llevaba un casco, también dorado, y dicen que su armadura brillaba bajo la luz de la luna de una manera mágica. Y tu armadura… Diría que no brillaría ni aunque la adornaras con diamantes de lo deslucida que está.
Dorgo dio un sorbo a su jarra, hizo gárgaras y escupió al suelo.
-Te voy a decir tres cosas, Astos -dijo, señalándole con el dedo-. La primera, no menciones si mi armadura está deslucida o no, porque puede que cambie de posada, y perderás lo que llevo aquí para ti -agitó una bolsita llena de monedas-. Lo segundo, nunca tuve un casco… Y lo tercero… ¡Que se joda ese Rey! ¡Brindemos todos por su muerte y loado sea el que le dio una patada en el culo!
Y acto seguido y jarra en mano, se puso a bailar en medio de la estancia, llamando la atención de la clientela, pero sin unirse a él como pretendía.
-¡Bah! ¡Aguafiestas! -gritó, volviéndose a la barra. Agitó su jarra ahora vacía, y Astos acudió a llenársela. De su pequeña bolsita llena de monedas, sustrajo dos piezas y las dejó sobre la barra-. Hoy es un gran día. Ha muerto un Rey.
-Escucha… -suspiró Astos-. No digas esas cosas aquí, o podrá causarte auténticos problemas.
-¿Por qué? ¿Acaso alguien va a enfrentarse a mí por decir lo que pienso y en voz alta? Eso no se podía hacer cuando el Rey estaba vivo, ahora que ha muerto… ¡Que se jodan todos!
Acabó su breve discurso con una carcajada que puso aun más nervioso a Astos.
-Y por cierto… -continuó, cuando dejó de reír-. ¿Quién está al frente del Gobierno ahora? ¿A qué sabandija han metido en su lugar?
-Según se dice, al Conde de Órobor -Dorgo guardo silencio y su gesto tornó serio. Tenía recuerdos de la última vez que le vio. Y el pasado entró en su mente en una fracción de segundo sin llamar a la puerta-, y ahí es donde entras tú.
Dorgo se irguió ante Astor ya no con seriedad, sino con algo parecido al miedo.
-¿Yo? -preguntó, señalándose dándose golpecitos en el pecho-. ¿Qué tengo que ver yo con ese saco de grasa al que apenas conozco?
Sabía bien que ahora sí podía meterse en problemas si insultaba al Conde, ahora en el poder. Astos dejó sobre la barra un sobre precioso, con el sello de Órobor grabado en él sobre el título: Entrega urgente.
-Llegó esta mañana temprano -dijo el posadero-. Me lo entregó alguien de la milicia de Órobor, nada menos. Nunca vi que un mensaje tuviera tanta importancia como para ser traída por un miliciano. Me preguntó que si te encontrabas aquí, les dije que sí, pero que aun dormías. Me dijeron que te esperarían tres días hasta que decidieras lo que hacer tras leer la carta. Ante los juzgados, con un carruaje, añadieron.
Dorgo quedó en silencio, escrutando el sobre pero sin llegar a abrirlo. Tras mirarlo bien por todos lados, incluso llegando a sopesarlo, dejó el sobre en la barra, y encima su jarra llena de Ron.
-Interesante… -dijo sonriente-. Seguramente querrán interrogarme. Si el asesino del Rey tenía armadura y capa como la mía, soy sospechoso de asesinato, a fin de cuentas. ¡Al cuerno! -y tiró la carta al suelo con desgana.
-No seas así, hombre -le pidió Astos-. Yo sé que tú no has sido porque estuviste todo el día y toda la noche aquí, bebiendo con la milicia local.
-Sí, eso es vedad -chasqueó los dedos, satisfecho-. Han hecho traer un carruaje para mí para nada. Menuda pérdida del tiempo, ¿yo, asesino? A lo más que llego es a molesto… ¿Te dije ya que vomité en el dormitorio?
Astos le dio la espalda para atender a los demás, suspirando para sí.
-Seguramente sí lo hice… -Dorgo quedó en silencio un momento. Con la jarra de Ron bajo su barbilla temblorosa. Había tenido, como tantas otras noches, pesadillas que no eran más que la imagen real de un pasado lejano, pero que hacía mella en él aún. Su corazón se alteró cuando sin desearlo, a su mente vinieron todas aquellas imágenes desordenadas, pero con más sentido que cualquier historia que hubiera escuchado. Era un mal trago que tenía que pasar cada noche, y mirando su jarra, ya desde por la mañana pensaba que la noche, además de intensa le devolvería a la cama, a las pesadillas…, intentó pensar en otra cosa. Eso era posible en estado de embriaguez. Bebió deprisa su jarra y pidió la próxima tras soltar un eructo.
-Astos, quizás un día te cuente una vieja historia de mi vida -dijo, una vez llena la jarra-. Aunque debería hacerlo sin esos hijos de puta de ahí atrás que no dejan de mirarme desde que enseñaste la carta.
Dorgo era un camorrista. Astos sabía de sobra cómo era su personalidad, y por ello la mayoría de las veces, sencillamente le ignoraba. Una mesa detrás de él, con cuatro ocupantes, había escuchado perfectamente sus insultos, pero a pesar de ser mayores en número, hicieron caso omiso de sus palabras; si algo deseaba Dorgo, era que alguien acabara con su vida cerca de una barra de una puñalada, incluso aunque fuera por la espalda a traición. Su metro ochenta y su espalda ancha ejercían en los demás respeto, por alguna extraña razón. O quizás fuera su espada envainada lo que temían.
-Brindemos por el Rey Murno -dijo, alzando su jarra tan vivaz como siempre-. Que se pudra ese cabrón y… -vaciló un momento para decir el siguiente insulto. Otra vez el pasado entraba sin llamar a su mente-. Traidor…
Y bebió, para olvidar de nuevo lo que había pasado por su cabeza. Golpeó la jarra con fuerza sobre la barra. Más ron, por favor.
La puerta de la posada se abrió. Era una mujer. Dorgo ni siquiera la miró, lo supuso tras los silbidos de admiración de los demás. Era una chica joven de delgada figura y un rostro bastante pálido aunque bello, con un cabello liso y castaño que descansaba sobre sus hombros. No portaba más que un largo paño que ocultaba su cuerpo por completo y unas sandalias.
-Las mujeres, mejor por la noche, señorita -dijo Astos, mirándola de arriba abajo sonriente.
-¿Y el dinero? -preguntó ella, mostrando unas brillantes monedas al posadero-. ¿Tienen sexo?
Dorgo se echó a reír.
-No, señorita -dijo Astos, cogiendo tres monedas relucientes de la mano de la joven-. Disculpadme la osadía, aquí hace mucho que no entran mujeres… Si no vienen acompañadas, ya me entiende.
-Sí, imagino -contestó ella, de tal forma que dejaba zanjado el camino que tomaba la conversación-. Quiero lo mismo que está tomando aquel imbécil que se ha echado a reír al final de la barra.
Dorgo se dio por aludido enseguida. Los cuatro ocupantes de la mesa tras él se rieron por lo bajo. ¿Sería hoy su gran día? Iba a contestar a la chica, y esperaba que bajo aquel paño tuviera un cuchillo que le impactara en el pecho.
-Mira, te voy a decir algo, niña… -Dorgo se detuvo en cuanto se volvió para verla. Había pasado mucho tiempo, pero aquel rostro era inconfundible-. Eníe… Dama Luna…
Había transcurrido mucho tiempo desde que Dorgo pronunciara esas palabras por última vez. Pero no demasiado como para olvidar a aquella chica que le miraba con una sonrisa al final de la barra.
-Dorgo… -pronunció ella con tranquilidad-. Cuánto tiempo. Creí que habías muerto en algún lugar alejado de la civilización, pero tu melena como la paja es inconfundible… Aunque te recordaba con menos mierda encima.
Los cuatro de la mesa volvieron a reír por lo bajo. Dorgo los ignoró. Su cara de asombro aun no había desaparecido.
-Pero tú… -comenzó lentamente a hablar, sin apartar sus ojos de los suyos-. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?
-He sido muchas cosas, lo admito -y terminó el contenido de su jarra de ron de un sorbo-. No me ha ido mal… Al menos veo que mejor que a ti…
-No digas tonterías -respondió él, sonriente-. Yo estoy bien. Ahora mismo no trabajo en nada, pero… También he sido muchas cosas…
-Mercenario está en lo más alto de tu lista.
-Un trabajo honrado -y agitó su jarra vacía, pidiendo más-. Me dio de comer durante mucho tiempo…, y hasta conseguí un par de botas de un tipo muerto.
-Ah, ya veo -Eníe rió-. Dadle otra ronda al héroe, al salvador, ¡le robó un par de botas a un muerto!
Las palabras “héroe” y “salvador” resonaron en la cabeza de Dorgo como una campanada. Cambió el gesto de su cara, olvidando el ron se dirigió hacia la chica hasta tenerla frente a él.
-¿Qué haces aquí, Eníe? -preguntó seriamente-. Quedamos en que no volveríamos a…
-Vernos, lo sé -terminó ella-. ¿Qué pasa? Coincido contigo en un lugar, y ya quieres echarme de aquí.
-Sí, te pido por favor que te vayas. La última vez que nos vimos dejé claro que no volvieras a verme.
-Lo sé, lo sé -dijo, echándole hacia atrás-. Apestas a alcohol. La última vez que nos vimos, no olías así… Pero confieso que sigues siendo guapo.
-Gracias por tus cumplidos, pero deberíamos hablar de esto mejor en otro lugar, ¿no crees?
-¿De qué quieres hablar? ¿Del Rey Murno? No se habla de otra cosa en toda la mañana. O quizás de cosas anteriores… De… Nuestro pasado…
Otra vez el tintineo en su cabeza.
-¡No quiero hablar del pasado! -exclamó, tirando de un manotazo el taburete que los separaba-. Todo aquello está muerto y enterrado, ¿me oyes? No harías más que empeorarlo todo si intentas recordarme cosas que… No te dejaré que lo hagas.
-¿El qué, tesoro?
-Volver a amarte… -dijo, casi en un susurro.
-Eres tan romántico… Yo te recordaba así. Y veo que sigues siendo el mismo, bajo la costra de ron que te infecta.
Dorgo abrió la boca para decir algo. Pero simplemente bajó la cabeza.
-¿Qué te pasa, Dorgo? Mi pequeño Dorgo…
Se echó de golpe sobre ella. Astos pensó que iba a matarla. Pero sólo era un abrazo. Dorgo estaba abrazando a Eníe, y ésta respondió, acariciándole la espalda.
-Ya pasó, Dorgo, ya pasó… -la voz de Eníe dejó de ser mordaz para convertirse en tranquilizadora.
Dorgo no la soltó durante un buen rato. Lloró en su hombro y quiso que ese momento fuera eterno. Más tarde, levantó la cabeza, y sin pedir permiso la besó.
Sabía las consecuencias que podría acarrear ese gesto, pero era algo que le pedía el cuerpo desde hacía demasiado tiempo, y ya estaba lo suficientemente borracho para no pensar…
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