Illith abrió los ojos. La ventisca que la golpeaba era como un silbido atroz que chocaba contra su cuerpo y dejaba en él una premisa de frío intenso y humedad. Su vestimenta, una armadura dorada y de capa azul aterciopelada, poco a poco se llenó de escarcha. No había pasado tanto frío en su corta vida.
Apenas contaba con ocho años, y allí estaba, en un lugar desconocido, donde incluso ella era una desconocida para sí misma.
Se tocó su cabello rubio, tornándose duro por las frías temperaturas. La ventisca no la dejaba ver más allá de unos metros alrededor. El miedo se apoderó de su alma. No quería ni echar a andar.
¿Quién era? Una pregunta que no podría contestar, ¿dónde estaba? Tampoco.
Gritó, y su voz se escuchó entrecortada a través del vaivén del viento acompañado por los copos de nieve que danzaban a su son. “Ayuda” era la palabra que más veces repitió, antes de darse por vencida y caer sobre el manto de nieve que le caló hasta los huesos. Tuvo el presentimiento de que iba a morir, y eso en parte le daba igual, pues no recordaba ningún pasaje anterior a ese momento.
Quería respuestas, y se acogería a lo primero que pasara por allí. Miró alrededor suyo, formando un amplio círculo de visión. Todo era espesa niebla y fuertes vientos.
“¡Estoy aquí…!” Exclamó su entrecortada voz. “¿Alguien puede escucharme…?” pero lo dio por imposible. El viento susurraba más alto que ella. Echó a andar, sabía que no podía darse por vencida tan pronto. Seguramente aquello no era más que un mal sueño, la pesadilla más real que había tenido, o quizás era la cruda realidad: Rodeada por la nada y sin nadie cercano que pudiera auxiliarla. Sería su fin, el epitafio de una corta vida que ni siquiera podía recordar.
Pero la esperanza llegó con una sombra lejana. Casi no podía tener los ojos del todo abiertos por el choque de la nieve en su cara, pero vislumbraba una figura alta y oscura en la lejanía. Rezaba para que la viera, hizo todo el ruido posible, incluso lanzó piedras que iba encontrando por el suelo hacia su dirección.
La figura se detuvo. Illith pensó que la había visto al fin. Entonces la figura se dio la vuelta, y con aire esperanzador, la niña vio su salvación cada vez más cerca…
La figura negra, con cada paso que daba, cortaba el silbido de los vientos. Debía ser alguien muy fuerte, pensó Illith. Ella corrió hacia su salvador con dificultad. La figura parecía tener menos dificultad a la hora de avanzar por esos páramos helados.
La figura comenzó a hacerse más y más grande con cada paso que daba. Illith decidió no avanzar más, estaba claro que la figura la había visto. Peor entonces, por alguna extraña razón, la figura se detuvo… Y desapareció.
“¡No… Vuelve…!” Intentó gritar ella.
Nada, la figura desapareció entre la ventisca. Siguió lanzando piedras hacia la posición en la que la vio la última vez, pero no había nada que hacer. No volvió a verla más.
Ahora sí que entró en un estado de desesperación, y casi llorando echó a correr en dirección de la desaparecida figura. Pero correr, y contra semejante ventisca, era inútil.
Se detuvo. Estaba demasiado cansada y helada para seguir.
Pero entonces, una sombra la cubrió. Se dio la vuelta y gritó al ver a una figura tan voluminosa que ella a su lado podría ser no más grande que un zorro…
Quería gritar, pero su garganta estaba demasiado fría. Tampoco podía echar a correr porque sus huesos estaban entumecidos. Se quedó quieta, mientras la enorme figura se agachó y se acercó más.
Su rostro estaba lleno de pústulas amarillentas y su fétido aliento rozó la cara de la muchacha, haciéndola retroceder torpemente. Con lo que parecía una mano, intentó cogerla, pero Illith había tenido ya demasiadas sorpresas por el momento, y cayó desmayada antes de sentir el roce de aquella mano contra su cuerpo.
Illith despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. Lo último que recordaba era una fea cara a pocos centímetros de la suya. Se quitó lo que la tapaba con brusquedad. Era simplemente una abrigadora manta de lana. A los pies de la manta había un hogar encendido. Era agradable y acogedor. El resto de la habitación era una pequeñísima estancia abovedada llena de pinturas en las paredes que consistían en manos pintadas por toda la pared sin orden alguno tanto en la forma como en el color. Illith observó que la habitación no tenía puerta, sino una cortinilla que separaba la habitación de la siguiente. Se sentía más ligera. Se dio cuenta de que no llevaba la armadura puesta, sino un ajado camisón blanco.
Salió de aquella cama improvisada. Sus pies tocaron la fría piedra del suelo. Pero no se estaba nada mal con aquel fuego encendido. No se percató hasta que no se puso en pie de la música que sonaba al otro lado de la cortina. Era una tranquila melodía de flauta dulce. Quien estuviera al otro lado de la cortina tocándola seguramente era también el que la había llevado hasta allí.
Apartó la cortina, y observó minuciosamente lo que había descubierto en la siguiente habitación: Una mesa en una esquina con una silla, con un par de estantes encima donde se guardaban unos cuatro platos con cuatro respectivas jarras. Al lado de ésta, había una puerta que posiblemente conducía al exterior, y a la derecha de la misma, un enorme boquete en la pared acristalado, que sería, pensó, una ventana. Las paredes imitaban las mismas pinturas de manos de diferentes colores. Al fondo de la habitación había una extensa alfombra con un bello grabado que llegaba hasta los pies de un hogar más grande que el de la habitación donde había dormido ella. Alrededor del fuego había varios frascos que contenían lo que parecía inciensos. Algunos de ellos estaban volcados y el incienso estaba parcialmente esparcido por el suelo. Sobre la chimenea había una pipa encendida.
Sentado frente al fuego, tocando una armoniosa melodía con la flauta, había un hombre, cuya espalda estaba cubierta con la piel de un lobo.
-Ya te has despertado -dijo el misterioso hombre-. Espero no haberte molestado con mi música.
-No, en absoluto -contestó Illith, lo más seria que pudo-. ¿Dónde estoy?
-En mi cabaña. Te recogí a punto de ser presa de Buggy Bang.
-¿Buggy Bang?
-Sí… Es un… Gigante un poco malcriado -y dio una risotada-. Es tan sólo un niño que a veces se pone a jugar con lo primero que encuentra, y tú fuiste lo primero que encontró ayer para jugar, parece. No creo que fuera a hacerte daño. Pero a veces es un poco brusco… Por eso le pedí que te dejara en paz.
-Aquello era… ¿Un gigante? -dijo, incrédula.
-No era tampoco tan grande. Más bien una cría de gigante.
-A mí me pareció enorme… Y ni siquiera sabía que existían los gigantes.
-Bueno… -el misterioso hombre se puso en pie y se dio la vuelta. Sobre su cabeza descansaba la mandíbula superior de la piel de lobo que llevaba puesta, y bajo su nariz descansaba una bufanda amarillenta y sucia, que impedía ver totalmente su rostro. Lanzó su flauta al fuego, como si fuera un tronco más. Las llamas crepitaron, volviéndose azuladas cuando consumieron el instrumento-. Si te sirve de consuelo, pocos en este mundo han visto a los gigantes. Suelen vivir en su propia ciudad…, está al norte de aquí, pero rara vez salen.
-Os va a sonar extraño, pero… -Illith tomó asiento cogiéndose a la única silla que había en la estancia-. No recuerdo nada, tan sólo mi nombre.
-¿Y te llamas…?
-Illith.
-Un placer, Illith. Yo soy Bloodshot Tres Piernas -señaló con la cabeza un montoncito de piezas doradas envueltas en un manto azul. Era la armadura de la muchacha-. Tu armadura estaba encantada. Tuve que desencantarla para poder quitártela y que descansaras mejor. Es normal que hayas perdido parcialmente la memoria. Dentro de poco lo recordarás todo…
-Es que ni siquiera… Ni siquiera sé qué es este lugar, ni quién soy…
-Bueno, eres una niña llamada Illith, ya es algo. Te encuentras en mi casa, una humilde choza a la orilla del río Égidas.
-No sé lo que es un río…
Bloodshot se desplazó hasta la puerta que daba al exterior y lentamente la abrió. Ante la casa un angosto camino de agua estaba de paso, zigzagueando y perdiéndose en la lejanía de un oscuro bosque.
-Ahí lo tienes -dijo.
-Es precioso…
Illith salió afuera. Hacía frío. Pero el sonido del correr del agua la tranquilizaba. A su memoria no vino ningún recuerdo de algo parecido. Sólo sabía que aquello le hacía sentir algo en su interior que nunca había sentido, o recordaba sentir.
-Este lado del río es menos peligroso -señaló Bloodshot, saliendo al exterior apoyándose en un bastón. Illith comprendió entonces el apodo de Tres Piernas-. Estamos en plena tundra que divide dos zonas. En el norte, las montañas donde residen los gigantes, y al sur, un bosque muerto hace siglos donde nadie se atrevería a aventurarse solo por todos los peligros que eso conllevaría…
Nada de lo que decía Bloodshot le hacía recordar algo a Illith. Pero como su alma era curiosa, no tardó en sentirse atraída por lo prohibido:
-¿Y qué son los peligros que hay en ese bosque?
Bloodshot se remangó. Hizo aparecer de la nada otra flauta dulce como la que había quemado en el hogar de su choza y bajándose un poco la bufanda amarillenta tocó una melodía.
Las aguas del río se agitaron con cada nota que tocaba. Primero pequeños atisbos de subidas de agua, pero después cuando la melodía se hizo más poderosa, Las aguas del río se mantuvieron flotando en el aire. Transformándose poco a poco en diferentes formas mientras no dejaba de tocar.
Las formas iban cambiando con cada ritmo de la melodía que surgía de la flauta. Illith contempló lo que estaba ocurriendo ante ella con una mezcla entre sorpresa y emoción. Reconoció la primera figura:
-Eso es un lobo.
Bloodshot no dejó de tocar aunque ella hiciera aquel comentario. Se limitó a afirmar con la cabeza mientras seguía tocando.
La siguiente forma parecía un cuervo, pero con cabeza de bestia. Era un ser horrible.
A continuación, la forma de una liebre, pero tenía grandes colmillos, y las patas delanteras presentaba unas uñas largas y deformes.
El agua se revolvió agitadamente porque la melodía de la flauta se volvió más intensa y apareció de repente una especie de mujer, que con cada nota del instrumento, su rostro se tornaba en malicia, para finalmente mostrar que en realidad era una anciana que reía para sí.
Bloodshot dejó de tocar y las aguas volvieron a su cauce, sonando un “chof” cuando impactaron contra la superficie del río. Su flauta se hizo ceniza entre sus manos, y sopló sus palmas para que la ceniza desapareciera en el aire.
-Eso que has visto son cosas que podrás encontrar si te sumerges entre esos bosques -dijo, mientras se limpiaba las manos en su túnica-. No te lo recomiendo.
Illith estaba asombrada. Sólo había reconocido a un lobo entre todas las criaturas que se habían formado con torbellinos de agua. No había sentido miedo por lo que podría encontrar en el bosque. Ella estaba llena de fascinación por lo que acababa de ver.
-Yo… Estoy asombrada…
-Sí, las criaturas que puedes encontrar en ese bosque pueden dejarte sin aliento… Literalmente.
-No, es decir, yo… ¿Cómo habéis hecho eso?
-Se llama magia. Soy un mago.
-No recuerdo esa palabra. Quizás ni siquiera oí hablar de ella nunca… ¿Y por qué habéis destruido la flauta?
-¿Esto? -señaló Bloodshot al resto que quedaba entre sus manos-. La magia puede caer en manos equivocadas. Por eso es mejor que el canal por el que circula se destruya antes de que eso ocurra -se acercó al río y lavó sus manos para quitarse el resto de ceniza de la palma de las manos-. La magia, puede ser una gran aliada o un arma mortífera. Cada uno decide para lo que sirve.
-¿Y yo… Podría aprender?
-Aprender te llevaría tiempo.
-Creo que tengo todo el tiempo del mundo, ni siquiera sé si alguien me espera en algún lugar.
El mago dio una risotada.
-Me gusta tu ímpetu -hizo aparecer una flauta entre sus manos y se la pasó a Illith-. Veamos qué es lo que sabes hacer.
-Yo no sé tocar esto.
-O quizás sí…
Illith vaciló un momento antes de poner sus labios en la boca del instrumento. Cuando colocó el instrumento entre sus labios, fue como si algo extrañamente familiar hubiera pasado en un momento anterior dentro de su vida. Sabía de memoria una melodía, y sus dedos, casi de forma automática, tocaron esa melodía.
El agua empezó como a hervir ante ella. Miles de burbujas irrumpieron en la superficie del río, y de pronto una mano gigantesca surgió de las aguas. Illith, temerosa, se apartó el instrumento de la boca asustada, y el agua volvió a la normalidad.
Hubo un momento de silencio. Bloodshot, que lo estaba observando todo desde atrás, aplaudió.
-Yo… No sé cómo he hecho eso… -tembló Illith ante lo que acababa de suceder.
-Muy sencillo -dijo Bloodshot acercándose a ella-. Tú eres una bruja y no lo sabías…
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