miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 4. Un castillo en un árbol.

Duplica se tapó la nariz cuando entraron en el clandestino taller varios hombres que transportaban la piel de animales putrefactos; las dejaban tiradas en el suelo y las órdenes eran muy directas: Curtid, niñas.
Las pieles apestaban y las moscas revoloteaban a su alrededor. La número Veintidós vomitó en cuanto las dejaron solas frente a las pieles. Las demás niñas la tranquilizaron como pudieron, ofreciéndole agua y leche de cabra. El único sustento líquido del que podían disponer.
La madera la traían por la tarde. Al menos no apestaba, pero era difícil sustraerla hasta convertirla en varillas de flecha. El primer día les habían explicado todo lo que tenían que hacer. Con las pieles de animales, tenían que dejar que se secaran antes de introducirlas en las chimeneas improvisadas que les habían construido en aquel taller clandestino que otrora fuera un almacén de trigo.
Tenían que contener la respiración y estirar las pieles en el suelo, formando una hilera. A continuación, con unas estacas de madera, las clavaban en el suelo para que la piel quedara totalmente tensa. Bajo la piel ya estaqueada echaban carbones encendidos para que todas las bacterias de las mismas se eliminaran. Era la peor parte, el olor a pelo quemado se hacía insoportable.
Tras esto, echaban sal sobre la superficie, y agua caliente en abundancia. Retiraban las estacas y dejaban escurrir y reposar, donde después de un par de horas, volvían a lavarlas y volver a estaquearlas, con el pelo hacia dentro. Éste era el momento más esperado, pues era el momento de abrir los pequeños ventanucos para que el secado fuera más rápido, y los malos olores desaparecían, pudiendo respirar con normalidad. De esta manera, al día siguiente podían estar completamente secas.
Durante el secado, las niñas podían salir al patio y tomar aire y un descanso de media hora para poder comer algo. Pero sólo las dejaban salir cuando no era el momento de que salieran los niños. Ellos salían siempre antes que ellas, y normalmente ennegrecidos y sudados. En el patio, tanto a ellos como a ellas, la señora Byssú esperaba con un gran puchero y un cucharón para servirles la comida. Al menos ésta estaba caliente, era lo único que se podía disfrutar, además del agua, que recibían constantemente para su trabajo, pero que los niños la racionaban para calmar su sed.
Tanto el señor Magley como la señor Byssú eran conocedores de que los niños utilizaban el agua también para beber, pero sabían que muertos no servirían de nada, así que hacían la vista gorda, y así de paso podrían mantenerles la moral medianamente alta, o al menos eso creían ellos.
Una mañana, el señor Magley entró en el taller de las niñas. Respiraba fuertemente por los esfuerzos que hacía al transportar un barril, donde escrito con hollín decía “Puntas de flecha”. Dejó el barril al lado de la puerta, se secó el sudor con un pañuelo y ordenó a las niñas:
-Esta tarde os traerán madera. Cortadla de tal manera que queden piezas rectas y que entren sin hacer holgura en las puntas de flecha, ¿entendido?
Todas dijeron un sí al unísono. Total, era un trabajo más, y no eran tan laborioso como el de curtir pieles y convertirlas en aljabas y odres. El señor Magley se retiró, dando su típico portazo.
-¿Cuánto más va a durar esto? -se preguntaba Duplica, mientras cosía un odre-. Ya estoy harta de trabajar tanto, y sólo llevamos un día haciendo esta porquería…
-Imagino que volveremos a nuestra vida cotidiana cuando acabe la guerra -dijo Cuarentainueve. 
              
-¿Pero qué guerra? -vociferó Duplica, tirando su odre a medio coser al suelo-. ¿Oís gritos ahí fuera? ¿Espadas que chocan? ¿Lamentos de gente? ¡Aquí no hay ninguna guerra! 
-Pero dicen que en el norte…
-¡En el norte no hay nada, Cuarentainueve!
Nadie volvió a reprochar nada. Todas dieron un grito al ver que el barril que acababa de dejar el señor Magley se revolvía, como si tuviera vida dentro.
Duplica se llevó una mano al corazón. Con la otra se hizo con unas tenazas y se acercó poco a poco al barril…
-¿Y si es una rata…? -dijo Treinta, echándose para atrás con sus compañeras.
Duplica no hizo caso al comentario y se lanzó contra el barril para que se estuviera quieto.
-¡Lo que sea que esté ahí dentro, quédate quieto! -gritó-. ¡Voy a abrir la tapa!
Las demás niñas gritaron tras escuchar eso. El barril, curiosamente, obedeció. Con las tenazas, Duplica fue girando las cabezas de los clavos que sobresalían de la tapa, hasta que arrancó el último y lo que había dentro salió tan disparado que la muchacha cayó hacia atrás. Duplica echó un vistazo y recibió una sorpresa.
-¡Rana! ¿Pero qué…?
Pero éste le hizo un ademán para que se mantuviera en silencio.
-¿Cómo has conseguido meterte ahí dentro? -preguntó, ya en voz baja.
Rana salió del barril torpemente, pero satisfecho.
-Es genial, Duplica -dijo, tornándose contento, aunque su cara estaba ennegrecida-. Es el plan perfecto.
-¿Pero de qué estás hablando? -Duplica aun no se había recuperado de su sorpresa. Las niñas, detrás suya, observaban sin creer lo que veían en silencio.
-Fíjate -y abrazó a su amiga-. El señor Magley creyó que dentro de este barril había un cargamento de puntas de flecha. En realidad estaba yo escondido. Con la tapadera enclavada, no podía comprobar lo que había dentro, ¿lo entiendes? Estamos a un paso de salir de aquí.
-Pero no todos podemos escondernos en barriles -se apartó del chico con brusquedad-. Tu plan sólo funcionará contigo, si acaso os podéis esconder dos… Si el señor Magley echa en falta a un niño, oh, ya lo creo que abrirá los barriles.
Rana negó con la cabeza, a la vez que mostraba una osada sonrisa.
-Mi plan no es que nos escondamos en barriles. Si he venido hasta aquí escondido en un barril, es porque necesito pediros algo… -volvió al barril y rebuscó algo en el fondo. Sacó una bolsa de tela que rechinó al dejarla caer en el suelo-. Aquí hay unas cuantas puntas de flecha. Haced todo lo posible para que parte de ellas queden defectuosas.
-¿Defectuosas? -preguntó una de las niñas, al fondo.
-Así es. He pensado que no debemos colaborar en esta guerra. La mayor parte de lo que hagamos debe romperse y deteriorarse con facilidad. Pero… -señaló hacia la bolsa-. Lo que hagamos bien, será para nosotros. Haced algunas buenas flechas con lo que os he traído. Las demás, deben de romperse con el tacto, o desmoronarse cuando intenten dispararse… Las buenas, las guardaréis de la vista del señor Magley.
-Ya empiezo a ver tu plan -inquirió Duplica-, y mi respuesta es no. No pienso matar a nadie con las flechas buenas que hagamos.
Rana rió a pleno pulmón. Duplica se sintió abochornada.
-Pues si no es así, explícanos tu maravilloso plan, como siempre haces… -se ufanó la niña.
-Necesito cuerda -dijo, poniéndose ahora serio-. Y si no dispongo de cuerda, necesito vuestro pelo.
Ahora era Duplica la que reía.
-¿Crees que vamos a cortarnos el pelo para ti?
-Para mí no, para nuestra escapatoria -puso una mano sobre el hombro de la chica-. Por última vez, Duplica, te pido que confíes en mí…
Duplica lanzó una mirada lastimera a sus compañeras. Estaban asqueadas de curtir cuero y en sus ojos brillaba un hálito de esperanza que no había traído otro que Rana. Por una vez, aunque no quisiera, no tenía más alternativa que probar suerte de nuevo…
-Tenemos unas tijeras viejas -dijo, señalando varios instrumentos que tenían esparcidos encima de una mesa-. Aquí estamos al menos unas veinte. Podemos daros unos cuantos metros de cuerda… Y espero que de verdad sean útiles, porque si no, esto será algo que me cueste perdonar…
-Y yo te prometo que todo saldrá bien -dijo Rana, rebuscando entre la mesa-. Me tendré que hacer pasar por una niña a partir de ahora, ¿podéis hacerme, no sé, un capuchón con algo de tela? -las niñas respondieron que sí al instante-. Bien, poneos a ello. Yo mientras os iré cortando el pelo una a una. Iremos pasando cuerda a los niños mediante el patio. Cuando llegue vuestra hora de salir a comer, debéis dejar en algún lugar del patio el pelo trenzado que usaremos como cuerda para que los niños puedan cogerlo en la hora de comer.
-¿Y si los adultos lo descubren y lo cogen antes que ellos? -se mostró escéptica Duplica.
-Bueno, en ese caso… Tendremos que esperar a que os crezca otra vez…




El reo esperaba en su celda con los ojos vendados de manera agitada. Se sintió aliviado cuando escuchó el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta.
-Vamos, el Consejo te está esperando -dijo el guardia zarandándole-. Date prisa, escoria -y le pateó mientras salía de la celda-. Tengo que encargarme de otros como tú esta tarde. No me hagas perder el tiempo o te atizaré hasta que sangres.
El reo pudo escuchar los lamentos y los gritos de los demás reos mientras caminaba a ciegas por un angosto pasillo, acompañado por el guardia. Lo más molesto eran las escaleras de caracol que tenía que subir con la venda. El guardia no mostraba la ayuda que le hubiera gustado para que no fuera un obstáculo tan molesto. Por suerte, no eran demasiados peldaños, y al final les esperaba la gran habitación donde esperaba el Consejo. Pudo escuchar alguna tos y los suspiros de uno de ellos.
-Bien… -comenzó el miembro de larga barba-. Como dijimos ayer, nuestras conversaciones seguirían su curso.
-No es necesario que sigamos con esta conversación -reprochó otro miembro del Consejo-. Ayer quedó claro que este muchacho no…
Pero el miembro de larga barba cortó sus palabras haciendo un ademán.
-Tranquilicémonos -dijo-. Quiero que siga con su relato hasta el final. Adelante…
El muchacho carraspeó.

Del diario del reo:

Hoy fue un día extraño. Dormimos todos juntos en una habitación abuhardillada del palacio. Teníamos un cazo para hacer nuestras necesidades y un guardia vigilaba la puerta desde dentro. No dejaba de mirarme.
Nos prometieron que al día siguiente tendríamos un lugar mejor para dormir. Espero que así sea, porque empiezo a tener miedo.
Tras hacernos despertar muy temprano, nos hicieron salir fuera. Un hombre alto, con una barba muy larga, nos dijo que éramos los elegidos por los Dioses para enfrentarnos a un mal que asolaba el mundo. Yo no me lo creí. Pero luego comencé a dudar… Aquella niña tan bella, para mí, era como una Diosa. No dejé de mirarla desde que nos habíamos levantado. Y por la noche intenté dormir lo más cerca posible de ella. La confusión está invadiendo mi cabeza…
Lo que nos hicieron hacer en el patio fue enseñarnos a luchar con espadas de madera. Un instructor especial nos dijo que estaríamos una buena temporada allí, así que debíamos tomárnoslo con calma, por el bien de la humanidad.
Creo que es cierto… Tenemos una gran responsabilidad en nuestras manos. Pero yo lo único que hago es pensar en la misma persona desde que llegamos aquí.
El muchacho bajó la cabeza, hasta que su barbilla quedó clavada en su pecho. Se estaba ruborizando mientras hablaba…
Los hombres que prometieron darnos una habitación mejor habían cumplido su palabra. Ahora tengo una habitación para mí. Una cama y una ventana con una bella visión de mi ciudad en lo alto de la colina por la noche, cuando estaba iluminada. Yo miraba aquel paisaje con tristeza. Pensaba en mis padres, ahora muertos, y algo en mi interior me decía que estaba siendo cruel, ya que disfrutaba más aquí, cerca de aquella chica, y con todo este lujo. Me eché a llorar, sin saber si era porque estaba siendo cruel o porque en verdad me gustaba más este sitio que mi propia casa…
Volvió a carraspear.
Hoy otro instructor nos separó a los niños en dos grupos. Habló de una aura o algo así, que los de mi grupo no teníamos. Me separó de aquella chica, y me sentí triste. Nuestro instructor nos explicó que algunos de nosotros estábamos capacitados para luchar con la espada y otros para la magia. Yo no lo entendí demasiado bien, porque nunca había oído hablar de magia en mi vida. Sólo esperaba volver a ver a aquella niña pronto. Ni siquiera sabía todavía su nombre…
Hoy el instructor nos enseñó técnicas de combate con la espada. Confieso que fue divertido, y los demás niños y yo pensamos que con este tipo de ejercicios, tendríamos la mente distraída y no pensaríamos en lo que hemos perdido cada uno.
Echo de menos mi casa, a mis padres… Pero mi mente está siempre en otro sitio. Quiero hablar con esa chica. Me tendió dulcemente la mano aquel primer día, y me muero de ganas de verla a solas. No entiendo lo que me pasa, ni siquiera debería gustarme. Los adultos que vienen y van en este palacio nos hablan todo el rato de nuestra misión Divina, de nuestras armaduras mágicas que se amoldan a nuestros cuerpos aunque crezcamos… Tengo miedo, la verdad, porque seguimos sin saber nada ninguno de nosotros…
 
-Eso es todo por el momento -dijo el miembro de larga barba-. Puedes retirarte. Mañana seguiremos con tu relato.
El guardia cogió al reo por el brazo y le empujo hacia la escalinata que llevaba a las celdas. El miembro de larga barba se tocó la frente, intranquilo. Cuando hubieron desaparecido por la escalinata, siguió hablando:
-Está claro que tenemos ante nosotros a uno de los muchachos de la Orden Divina. Su armadura ya le delató ayer, pero podía haber sido robada. Además, entre su relato de ayer y el de hoy, ha quedado claro que yo soy el hombre delgado y con barba que describe en su diario…
-¿Y qué más da? -preguntó el Conde de Órobor-. Sigue siendo sospechoso de asesinato, aunque haya descrito el casco de una forma diferente de los testigos.
-No… Quiero saber hasta dónde llega esto. Que siga relatándonos su diario… Quizás tenerle en libertad sea más peligroso de lo que pensamos. El Consejo puede estar en peligro si se hacen públicas muchas cosas de las que parece saber bastante...




Había pasado ya una semana. El humilde disfraz de Rana basado en una capucha que le tapaba parcialmente la cara había resultado. Acostumbrarse al mal olor del curtir de pieles le costó, pero siempre explicaba a las niñas que aquello era mejor que soportar el calor de la forja de los niños.
Todas las niñas habían sido trasquiladas. Unas tenían más pelo que otras, y el acabado era bastante pobre. Duplica era la única que se miraba en un pequeño espejo que tenía y no se veía tan mal. Las razones que dieron al señor Magley sobre sus cortes de pelo fueron por higiene, y él simplemente se encogió de hombros y no preguntó nada más.
-Tenemos ya unos doce metros de cuerda -informó una de las niñas, que se encargaba en ese momento del trenzado-. Con los siete que les dimos a los niños, ¿será suficiente?
Rana se acercó hasta la niña y quedó pensativo un momento mirando el pelo trenzado. Durante esa semana, habían pasado cuerda a los niños usando el patio como intermediario. Había funcionado, tal y como había predicho.
-¿En qué piensas? -se acercó Duplica hasta él.
-Bandera blanca -dijo.
-¿Ya, tan pronto?
-Sí. Bandera blanca, Duplica -y sonrió-. Hoy será el gran día.
Duplica agarró una de las mangas de su túnica y la estiró hasta romperla. La limpió un poco con agua hasta que quedó totalmente blanca. Se acercó hasta uno de los ventanucos y la arrojó fuera. Apoyó su pequeño espejo en el dintel y esperó una respuesta. Por el ventanuco de la habitación contigua, que era la de los niños, alguien dejó caer otro paño blanco. Duplica dio una señal afirmativa a sus compañeras, guardándose el espejo. Llegó el momento.
En la habitación de los niños, las cosas estaban un poco más agitadas. Risii andaba formando círculos, muy nervioso. Dentro de unos instantes el señor Magley les abriría la puerta, esperando su barril de espadas forjadas y de paso la llamada para comer. Risii suspiró. Estaba todo preparado. Era la hora. La cerradura hizo su paulatino sonido habitual al girarse la llave desde fuera. El señor Magley entró como siempre, con su mirada arisca y su barbilla hacia fuera. Su barril estaba preparado ante la puerta, esperando ser llevado a donde quiera que fueran los barriles llenos de armas.
-Muy bien, muy bien… -dijo satisfecho, viendo el barril preparado-. Venga, ya podéis salir a comer, mientras me llevo esto.
Los niños no dijeron nada. Se limitaron a formar una fila y salieron ordenadamente hacia el patio. El señor Magley juraría que los veía más gordos de lo normal, pero no le dio más importancia, y salió el último, cargando con el barril bien tapado, cerrando la puerta tras su paso.
Los niños seguían en silencio. Los días anteriores, les había costado salir porque odiaban la comida, y aprovechaban el poco tiempo de ocio que les ofrecían para estirarse o jugar, pero ese día algo inusual ocurría. Ahora el señor Magley quedó quieto, observándolos a cierta distancia.
-Algo estáis tramando… -murmuró-. Venga, soltadlo de una vez, ¡algo estáis tramando!
La señora Byssú removía con desgana el puchero. A su lado tenía un montón de viejos cuencos de madera formando una columna, uno encima de otro. Cogió el de la cima, lo llenó y se lo ofreció al primer niño. Éste no lo cogió.
-Vamos, niño gordo, ¿a qué esperas? -el niño seguía quieto, mirándola fijamente-. ¡Vamos y coge el cuenco de una vez!
El niño apartó de un manotazo el cuenco de las manos de la señora Byssú. Jamás nadie se había atrevido a tal osadía. A cierta distancia, el señor Magley soltó su barril y se acercó caminando torpemente con su bastón.
-Sabía que algo tramaban los muy cabrones -refunfuñó.
El niño que había tirado el cuenco al suelo, se quitó rápidamente la camiseta que llevaba puesta. Alrededor de su cintura tenía envainadas dos espadas entre pelo trenzado. Se las arrancó, haciendo trizas la cuerda trenzada, pasándole una a su compañero de atrás.
-¿Pero qué…? -la señora Byssú aun no podía creer que aquel niño que había tirado el cuenco al suelo, le estaba apuntando con una espada, mientras otros dos niños más atrás hacían el mismo gesto: se quitaron sus camisetas y sacaron las espadas que tenían bien atadas en sus orondas barrigas con pelo trenzado.
-¡Claro, ya sabía yo que estos pequeños cabrones tramaban algo! -el señor Magley abrió el barril haciendo palanca con su bastón. Lo que había dentro eran espadas forjadas, sí, pero partidas por la mitad, y otras tan endebles que el metal casi se partía con el rozamiento de las demás-. ¿Pero…, qué es esto?
-Eso es que no queremos participar en vuestra asquerosa guerra -dijo Risii sujetando una espada entre sus manos-. Éstas son las espadas buenas que hemos hecho… Y nos las hemos guardado para nosotros.
-¡Sabotaje! -chilló la señora Byssú, fuera de sí. Uno de los niños aún se mostraba desafiante con la espada frente a ella.
-Ahora mismo quiero que vayas a abrir la puerta del taller de las niñas –amenazó Risii al señor Magley. Éste, primero rehusó, pero Risii, aunque nervioso, le puso la punta de su espada en el cuello-. Ah, y quiero tu bastón.
El señor Magley se rindió, tirando de mala gana su bastón al suelo. Sacó un manojo de llaves y fue hacia la habitación de las niñas, con otros tres niños detrás de él armados. Los demás formaron un círculo alrededor de la señora Byssú para que no escapara.
-Os arrepentiréis de esto, lo juro… -masculló mientras giraba la llave en la cerradura.
Dentro se encontraban las niñas, llenando de agua los odres que había fabricado. Rana salió directo hacia la puerta, quitándose la capucha que le cubría la cabeza y pidiendo una espada para él.
-Así que tú estabas aquí… Maldito niñato hijo de mil p…
-Silencio, anciano. Ahora somos nosotros los dueños del lugar -se jactó Rana-. ¿Dónde está su bastón? -preguntó a los demás.
Risii la mostró a su amigo. Todo iba según lo planeado.
-Bien, ahora con el pelo sobrante, traed a la señora Byssú aquí. Les vamos a atar a los dos.
-¿Cómo? -el señor Magley no podía creer lo que estaba pasando. Miró hacia atrás. Estaban trayendo a la señora Byssú hasta la habitación de las niñas-. No puedo creerlo, esto no está pasando…
-Claro que está pasando, viejo -dijo Rana-. Y dad gracias los dos de que no os peguemos por todos estos años de maltrato y palizas. Hoy seremos libre, realmente libres.
Timo fue el último en entrar en la habitación con la señora Byssú. Cuando estuvieron todos, se repartió un odre por cabeza y Duplica portó un arco y una aljaba llena de flechas bien fabricadas. El resto las habían metido en un barril.
Las niñas se acercaron temblorosas a los dos adultos que no paraban de quejarse y maldecir a los niños mientras los ataban de pies y manos. Rana sonreía. El plan había salido a la perfección. Ahora sólo faltaba salir de allí.
-Vamos, Risii -llamó a su amigo-. Tú que portas el bastón, ve a abrirnos las puertas.
Risii afirmó con la cabeza y salió corriendo hacia la puerta de salida.
Cuando los dos adultos quedaron bien atados, todos corrieron en tropel hacia la puerta. Risii ya debía de haberla abierto.  
Al salir a la puerta, se encontraron con una funesta sorpresa. El plan no les había salido tan bien como creían, a fin de cuentas.
-Oh, mierda…
Una escuadra de milicianos estaba justo ante la puerta de la calle. Habían venido a recoger el supuesto material que los niños había hecho en esta última semana.
Cuando vieron a todos los niños portando armas que deberían ser suyas no dudaron un segundo en desenvainar sus espadas y dar la voz de alarma. Los niños retrocedieron, totalmente aterrados.
Sólo Risii se había quedado quieto, perplejo. Sujetaba el bastón con fuerza. El miedo le había bloqueado por completo.
-Tirad las armas, ¡todas! -ordenó Rana cuando volvieron al patio-. Lo que hay ahí fuera son soldados que no dudarán en matarnos si ven que estamos armados, y además con lo que les pertenece -los niños obedecieron, pero Duplica, que llevaba un arco y una aljaba llena de flechas se lanzó corriendo hacia la puerta-. ¿Pero qué estás haciendo, Duplica? ¡No!
-¡No podemos dejar a Risii ahí fuera!
Rana y Timo la siguieron. Era cierto que Risii se había quedado absorto en el portal. Justo en ese momento, un miliciano iba a cogerle, pero justo cuando los tres niños se lanzaron a proteger a su amigo… Desaparecieron.




Todo se volvió blanco. Sus cuerpos parecían estar revolviéndose, pero de una manera fría, insensible. Los niños cerraron los ojos. Tal destello blanco era algo que no podían soportar. Todo se oscureció de nuevo. Cuando abrieron los ojos, ya no estaban en el portal del orfanato, a punto de ser atrapados por un miliciano furioso.
Estaban en mitad del campo. Risii, Rana, Duplica y Timo. A lo lejos había una ciudad…
-¡Fuerte Risii! -exclamó el niño.
Y era cierto. La ciudad que el muchacho recordaba de sus primeros años de vida se distinguía no demasiado lejos. Risii soltó el bastón y dio saltos de alegría.
Los demás no entendían nada de lo que estaba pasando. El bastón llegó rodando hacia ellos. Emanaba un extraño y liviano humo…
-Por todos los Dioses… -murmuró Duplica-. ¿Cómo no nos dimos cuenta?
Rana y Timo no comprendían nada. Seguían tan confusos que no creían nada de lo que estaba pasando. Risii corría eufórico alrededor de ellos y Duplica, se volvió hacia ellos con el bastón entre las manos.
-Debimos imaginarlo desde el principio…
-¿El qué, Duplica? -quiso saber Rana-. Ni siquiera sabemos dónde estamos ni cómo hemos llegado hasta aquí.
-Es sencillo, Rana. El bastón del señor Magley era especial…
-Sí, lo necesitábamos para abrir las puertas del orfanato, ¿y?
-Pues que era un bastón mágico. Lo estudiamos en clase el año pasado, por si se te había olvidado. Nos dijeron que nos mantuviéramos alejados de cualquier bastón que no pareciera normal porque podríamos llevarnos alguna sorpresa inesperada. Y ésta ha sido la sorpresa inesperada… Risii ha agarrado con todas sus fuerzas este bastón y… Tenía tanto miedo que por su mente pasó un recuerdo viejo, pensó en su ciudad natal y el bastón nos transportó a todos aquí.
-Bueno, pero… -Rana se tomó un instante para seguir hablando. No creía mucho la teoría de Duplica-. No estamos en su ciudad natal exactamente. Estamos lejos de ella.
-Sí, eso es lo que no comprendo demasiado… Este lugar tiene que haber sido un referente en el pasado de Risii. Un vago recuerdo quizás. Nos trajo hasta aquí…
-¿Y por qué iba a recordar un lugar en mitad del campo?
-¡Chicos! -llamó Timo-. Venid aquí, ¡deprisa!
Duplica y Rana obedecieron. Cuando llegaron al lado de Timo, vieron que señalaba con el dedo algo que se alzaba frente a ellos. Grande y majestuoso.
-Creo que esto era lo que recordaba Risii… -dijo, regocijándose en su descubrimiento. Un enorme árbol ocultaba entre sus ramas un castillo medio derruido, que descansaba casi en la copa del mismo…                

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