sábado, 30 de junio de 2012

Capítulo 6. El telescopio.

Risii miró meticulosamente el bastón.
-¿Seguro que no es peligroso? -preguntó.
Sus amigos no contestaron. Seguían mirando el bastón, al igual que él, esperando que pasara algo.
-No lo sé -contestó Duplica, al cabo de un rato-. Pero aún no has contestado a mi pregunta… ¿Por qué este sitio?
-Ah, bueno… -Risii seguía mirando al bastón tirado en el suelo-. No lo sé.
-No me creo que no lo sepas -dijo Timo.
-Pues no lo sé, ¿vale? -Risii se desplazó del lugar que había ocupado mirando al bastón hasta unos metros alejado de éste y sus amigos.
Rana y Timo le miraron desconcertados. Duplica seguía escudriñando el bastón.
-Sea lo que sea, nos ha salvado el pellejo -dijo-. Y sigo sin creer que Risii no sabe nada de este lugar -alzó la vista-. Es impresionante, ¿no creéis?  
Rana y Timo también alzaron la vista. Estaban justo debajo del árbol con un castillo en su copa. Alrededor del tronco había piedras, tan grandes como una persona, que con el paso de los años habían caído del castillo. Se encontraba tan destrozado que era seguro que no vivía nadie en él. Un pequeño saliente con peldaños tallado en la corteza recorría todo el tronco hasta desaparecer en la frondosidad de la copa. Era el modo de subir hasta arriba. Algunos peldaños parecían viejos y podridos, y otros directamente no estaban en su sitio.
-¿Deberíamos subir? -preguntó Timo, nervioso.
-¡Pues claro que sí! -dijo Rana, dándole una palmada en la espalda-. Toda la milicia del mundo nos debe estar buscando, y aquí no creo que se les ocurra mirar en absoluto.
-Debemos ser cautos -intervino Duplica-. Las escaleras no parecen muy seguras, y el árbol es bastante alto.
-¡Cierto! -exclamó Timo-. Sólo por eso, descartamos el sitio, ¿a que sí?
-No digas tonterías, cobardica -sonrió Rana-. Sólo hay que tener un poco de cuidado al subir, pero arriba tendremos todo un castillo para nosotros solos. Y eso me parece genial.
-¿Y si está habitado? -dijo Timo con un tono sarcástico-. Nadie aquí ha pensado en el hecho de que puede haber gente viviendo ahí arriba.
-Por favor, Timo… -dijo Duplica-. Se ve desde aquí que ese castillo está ruinoso… Y nosotros no necesitamos más para escondernos. Hemos vivido toda nuestra vida entre muros, y ahora viviremos en un castillo sin techo. Pensándolo profundamente es un alivio, una liberación.
-¡No!
-¿Qué podemos hacer para convencerte? -preguntó Rana ya perdiendo un poco la paciencia.           

-Quedarnos aquí.
-¿Quedarnos aquí? ¡Esto es un bosque! Y pronto anochecerá. ¿Quieres dormir a la intemperie? Además, los milicianos tienen caballos y perros de presa. Olerán nuestro rastro si nos quedamos por aquí… Y si nos acercamos a Fuerte Risii, la gente podría delatarnos, y seguiremos sin tener un sitio donde cobijarnos.
-Hablando de Risii… -Duplica volvió la vista al bastón, que ya no estaba en su sitio, sino rodando impulsado por alguna mágica fuerza hacia Risii, que estaba sentado sobre una gran roca a unos metros del lugar-. ¡Hey! ¡El bastón!
El palo llegó hasta los pies de Risii, el cual le dio una leve patada para que se apartara. El bastón volvió a su lugar, bajo sus pies, desprendiendo una luz blanquecina y envolvente.
Duplica corrió hasta Risii.
-Creo que sé lo que significa -dijo-. Te ha elegido a ti como su  nuevo dueño.
-Pues no quiero serlo… -murmuró Risii, mirando cómo chocaba el bastón contra sus pies mientras le daba patadas.
-¿Pero qué es lo que te pasa, Risii? Desde que llegamos aquí se te ve muy… Triste…
-No me pasa nada -dijo-. Me alegré mucho de ver de nuevo mi ciudad, pero… No sé, hay muchos recuerdos… Ni podéis comprenderlo. Vosotros siempre habéis vivido en un orfanato…
Duplica se sentó a su lado, y pus su brazo alrededor de su hombro. El chico la miró. Ella le regaló una sonrisa.
-Quizás no pueda comprenderlo, pero… Si este sitio no te gusta, podemos irnos, te lo prometo.
-Mi padre solía llevarme al castillo del árbol -confesó-. Tenéis razón, no hay nadie. Él y yo solíamos subir y merendar en verano. Hay unas vistas magníficas de todo el valle de Fuerte Risii. Es sólo que… No sé si seré capaz de volver a ver esa vista sabiendo que él…
-Bueno, eso sí lo comprendo…
-No me has dejado terminar…
Risii adoptó un tono más serio. Miró a la chica a los ojos.
-Puede que mi padre siga ahí arriba.
-¿Cómo? Creí que tu padre estaba…
-Muerto -concluyó él-. Puede ser. La última vez que le vi estaba vivo. Cuando me separaron de su lado… Bueno… No lo sé, realmente no sé nada, ni de mi madre tampoco.
Risii era el mayor de los niños. Realmente, se podría decir que no era un niño, pues casi rondaba la mayoría de edad, pero era bajito y flacucho. Podría pasar por un niño poco mayor que los demás. Había vivido con una familia hasta hacía casi diez años, y aunque él era demasiado pequeño, recordaba muchas cosas, excepto su nombre real. Había sido en todo este tiempo la persona más escuchada entre los demás niños del orfanato por su edad, aunque se había ganado la reputación de demasiado torpe y cauteloso.            
-¿Y cómo va a seguir tu padre ahí arriba? -preguntó Duplica intentando que su voz no pareciera una mofa.
-No lo sé… Lo único que recuerdo es que me dijo… Que si a él y a mi madre les pasaba algo, él siempre estaría ahí arriba…
-Quizás fuera una especie de metáfora…
-Puede ser…
La niña cogió de las manos al chico y sonrió.
-Razón de más para subir ahí arriba. Lo descubriremos juntos. Imagina que estamos buscando un tesoro y estuviera en ese castillo -dio una carcajada señalando el palo chocando contra los pies de Risii-. Y coge de una vez ese bastón, que ahora es tuyo…




  Habían pasado varios días, quizás una semana, pensaba el reo; no tenía demasiada noción del tiempo, y empezaba a aborrecer las gachas que le daban tres veces al día. Era una situación bastante áspera la de vivir constantemente a ciegas. Su deseo de salir de allí era semejante a las ganas que tenía de quitarse la venda que le cubría los ojos y volver a ver el mundo. Pero sus manos esposadas impedían sus deseos.
Como cada día a esa hora -el reo no sabía a qué hora exactamente, pero suponía que siempre sería la misma- la puerta de la celda se abrió, y un desagradable guardia cuyo aliento olía a ginebra le cogió del brazo, apretando su mano sobre él y empujándole hacia el pasillo hasta la escalinata.
Y una vez arriba, el guardia le dejaba a unos metros ante la mesa del Consejo. Como siempre.
-Bien… -dijo el miembro de larga barba-. Tu diario ha sido muy productivo en estos últimos días. No me he tomado la libertad de ojearlo en este tiempo, aunque sí que lo abro por la página en la que nos relatas cada día -cogió el diario y lo abrió por la página que ese día tocaba-. Está lleno de odio, he de puntualizar. Desde hace diez días pones mucho énfasis en que odias con toda tu alma a aquel que mató a tu padre. Dime si me equivoco…
-No… -contestó el reo.
-Entonces es cierto.
-Sí, quisiera vengar la muerte de mi padre.
-¿Entonces qué haces aquí?
El reo vaciló un momento. Después carraspeó, como siempre hacía antes de hablar:
-El asesino de mi padre se encuentra en esta sala exactamente.
-Entiendo -dijo, acariciándose la barba-. ¿Pero cómo vengar la muerte de tu padre sin armas, y a ciegas…?
-Sólo quiero ver su cara… Estar cerca de él…
-Y por eso mataste al Rey.
-Sí.
-Hoy quiero que vayas al final de tu diario, al momento en que mataste al Rey.
El reo agachó la cabeza.
-¿Qué ocurre? -preguntó el miembro de larga barba.
-Hoy noto algo extraño en esta sala… ¿Sería posible quitarme la venda de los ojos?
La sala quedó totalmente en silencio. Era algo impropio de aquel lugar.
-Aquí no se puede ver nada, escoria -contestó el guardia que esperaba tras el reo.
-Por favor, vete de aquí -ordenó el miembro de larga barba al guardia. Éste hizo una leve reverencia y se marchó de la sala-. Ahora, puedes descubrirte.
-¿De verdad puedo hacerlo?
-Sí. No te permitiré salir de aquí, tranquilo. Si te escaparas, tendrías que esquivar a todos los guardias con espadas y flechas se encuentran fuera. No creo que seas tan temerario.
El reo se quitó la venda de sus ojos. Fue una funesta sorpresa descubrir lo primero que vieron sus ojos: La única persona que había en la mesa del Consejo era el miembro de larga barba.
-Lo presentía -dijo, apretando la venda entre sus manos-. Demasiado silencio en esta sala, donde supuestamente había nueve miembros.
-Yo les pedí que hoy no vinieran al Consejo. Además, el Consejo de Gobierno, con la excepción del Rey, es secreto. Ahora no hay Rey, así que…
-Ya me he enterado -le cortó el reo con cierta antipatía-. No puedo ver a nadie del Consejo, ¿por qué vos sí habéis seguido aquí?
-Porque tú me viste aquel día, me describes en tu diario.
Habían pasado muchos años, pero el reo con un breve vistazo se dio cuenta.
-Sí… Sois vos. Os conozco de haberos visto en el pasado…, pero no sois el asesino de mi padre.
-Mi nombre es Ahmah -y se puso en pie-. Pero vosotros. Los miembros de la Orden Divina me conocisteis como…
-Llama de Plata -se apresuró a decir el reo.
-Exacto. Yo fui uno de los que eligió a los niños para que sirvieran a la Orden…
-¿Elegir? -el reo rió. Pero su risa fue algo entre lo triste y lo desagradable-. ¡Asaltasteis la casa de todos y matasteis a nuestros padres!
-Fue algo necesario. Fuisteis elegidos por los Dioses.
-Entonces maldigo a los Dioses…
-Toda blasfemia te está permitida aquí, esto no es un templo.
-Me da igual. Yo sólo quiero acabar con el que mató a mis padres. Y sé que pertenece al Consejo.
-Y por eso fingiste ser el asesino del Rey…
-No -dijo, altivo-. Le maté.
Llama de Plata abrió el diario por sus últimas páginas.
-La descripción de cómo mataste al Rey es totalmente errónea según los testigos. Todo el mundo sabe que al Rey le cortaron la cabeza. El asesino se tomó la molestia de clavar su cabeza en la espada del Rey y dejarla a pocos metros de su cuerpo, y tú además hablas de que le apuñalaste en el corazón. Algo que no presentaba el cadáver del Rey -el reo agachó la cabeza, sin decir nada-. Tú no mataste al Rey, muchacho. Confiésalo.
El reo quedó en silencio.
-¡Confiésalo! ¡Tú nos engañaste sólo para estar cerca de la persona que mató a tus padres!
-¡Sí, así es! -gritó con furia el reo-. Lo siento… Si veo a esa persona, no sé si podré contenerme. Me condenó a una vida funesta…
-¡Nadie te condenó a una vida funesta! ¡Fue la voluntad de los Dioses!
-Pues esa voluntad me condenó a una vida funesta… Nadie nos recuerda… Nadie miró por nosotros después de servir al mundo, de salvarlo…
Llama de Plata se dio por vencido. Escondió de nuevo su espada.
-Veo que no se puede negociar con alguien que no quiere hacerlo… ¡Guardia! -el guardia no hizo esperar y apareció con paso ligero en la sala-. Llévate a este muchacho a su celda. Y vuelve a vendarle los ojos.
-¡No, por favor! -suplicó el reo.
-Lo siento…
El guardia le cogió del brazo y forcejeando con él logró ponerle unos grilletes. El reo ya no podía defenderse ante la venda que se apresuró a colocarle sobre los ojos.
-¡Hijo de puta, lograré mi ansiada venganza! -gritó, mientras era conducido hacia las escalerillas-. ¡Aunque tenga que matar a todo el Consejo por todo el daño que nos hicieron! ¡Malditos seáis todos!
Sus gritos y amenazas se perdieron escaleras abajo. Llama de Plata los ignoró. Su mente estaba en otro lugar, años atrás. Quedó cavilando en silencio. Y de pronto las lágrimas brotaron en sus ojos…




La puerta se abrió lentamente, haciendo un ruido chirriante entre madera carcomida y metal. Fue Duplica la que pasó primero. Hizo un ademán con la mano para avisar a los demás de que todo estaba bien.
-Podemos pasar, aquí no hay nadie, salvo polvo y cosas viejas y olvidadas.
Habían conseguido convencer al testarudo de Timo para que finalmente subieran por la escalinata que llevaba al castillo en el árbol. Era más pequeño de lo que habían imaginado, y tan sólo tenía dentro una amplia habitación.
-Mirad, por este lado se subía a la segunda planta -Rana señaló una vieja escalera, que a partir del tercer peldaño estaba completamente derrumbada. Todo el piso superior se había caído al inferior. No había más que polvo, algunas telas viejas y un viejo candil usado.            
-Qué decepción -suspiró Timo-. Creí que esto sería un castillo amplio. No esto…
-Mi padre me contó que este castillo en realidad servía como torre vigía -explicó Risii-. Desde aquí hay una hermosa vista a Fuerte Risii.
Y tenía razón. Ni siquiera había que asomarse a una ventana, porque faltaba toda una pared del lugar. Estaba anocheciendo, y las luces palpitantes de la ciudad ya asomaban bajo el manto de las primeras estrellas de la tarde.
-Esta vista es preciosa -dijo Duplica. Notó que Risii también la contemplaba, aunque algo triste. La chica se acercó a él-. Tu padre sabía muy bien elegir lugares. Piensa que nosotros ni siquiera tuvimos unos padres que recordar.
Risii suspiró.
-Sí, tienes razón. Soy algo afortunado, al fin y al cabo -lanzó una mirada al bastón; seguía desprendiendo un fulgor blanquecino-. ¿Por qué me habrá elegido a mí este bastón? Es algo que no entiendo…
-¡Este sitio es magnífico! -dijo Rana con entusiasmo-. Podemos quedarnos aquí el tiempo que haga falta. ¡Es todo nuestro, y gratis!
Se tumbó encima de unas telas viejas, levantando una polvareda y provocando que tosiera. Pero su cara de felicidad lo decía todo.
-Pues no es lo que imaginaba ni por asomo -dijo Timo con aspereza-. Está todo roto, ¡incluso el candil!
Risii quedó un momento quieto señalando al candil.
-Espera, Timo, yo recuerdo ese candil… -se lo quitó de las manos a Timo y lo inspeccionó bien-. Creo recordar… Que este candil era de mi padre… No lo recuerdo bien del todo, pero tengo la sensación de haber visto antes este candil… Y… -arrugó la frente, como intentando recordar algo-. No sé… Me cuesta recordar mucho…
-Haz un esfuerzo, Risii -le animó Duplica-. Dices que ya has estado antes aquí, debes intentar recordar…  
-Recuerdo… -murmuró-. Un instrumento extraño, estaba en una ventana. Era de metal. Recuerdo su frío al tacto, pero no sé muy bien lo que era… Yo lo tocaba a veces, pero era mi padre el que lo manejaba…
-¡Chicos, aquí! -Timo había encontrado algo más en la estancia. Los demás corrieron hacia donde estaba él. Había una especie de catalejo, un tanto abombado y oxidado. Reposaba en el alféizar de una de las ventanas que aún seguían en pie.
Risii se quedó con la boca abierta en cuanto lo vio. Se acercó lentamente y lo palpó. Cerró los ojos, y sollozó.
-Esto lo recuerdo… Este es el instrumento que utilizaba mi padre, para ver las estrellas… Reconozco la frialdad de su tacto. A mi mente ha venido un fugaz recuerdo de lo que mi padre y yo solíamos hacer aquí muchas veces: Mirar las estrellas a través de este telescopio…
-Dudo que funcione ahora -dijo Timo.
-Eres una agorero de infortunios, Timo -le replicó Rana dándole una colleja.
-Puede ser que… -Risii echó un vistazo a través del telescopio-. Como decía Timo, está roto… La lente está rajada, y ni siquiera podemos moverlo, está muy oxidado -haciendo un pequeño esfuerzo, lo arrancó del soporte que lo mantenía en el alféizar-. Aun así, quiero llevármelo; es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi padre. No voy a dejarlo aquí para que alguien suba y lo robe…
Risii agarró una de las telas viejas y tiró de ella. Casi se desmenuza entre sus manos, pero pudo aprovechar un buen jirón para envolver el telescopio.
-Mañana deberíamos ir a la ciudad. Quizás alguien sepa dónde compró esto mi padre…
-Han pasado muchos años, Risii -dijo Duplica-. Tus ánimos son admirables, pero sería muy difícil saber dónde compró esto tu padre después de tanto tiempo…
-¡Duplica, apártate de ahí!
Risii empujó a su amiga violentamente hacia atrás. Ésta casi cayó al suelo. Estaba a punto de regañar a Risii por aquel gesto, pero vio que éste estaba mirando una cosa en el suelo, justo donde antes estaban sus pies.
Como grabado a fuego sobre la piedra, había algo escrito… Risii sopló para quitarle todo el polvo de encima, y ya casi pudo distinguir algo…

El disco blanco es la clave. No olvides que mientras veas el disco blanco, nosotros estaremos contigo.

Bajo estas palabras, había dibujada media esfera. Risii no entendió nada de este mensaje, pero volvió a sollozar, alzando la mirada al disco blanco que iluminaba al mundo cada noche si las nubes no la ocultaban…
-¿Por qué lloras, Risii? -se le acercó Duplica.
-Acabo de recordar algo… -dijo-. Luna… Mi madre se llamaba Luna.     

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