Vía-Valúa era un mundo dominado por los hombres. Se trataba de una especie de vergel rodeado por mares, de los que según pescadores con imaginación, si te adentrabas demasiado en ellos, el Dios de los mares te devoraba como si fueras un intruso. Hacia el norte se extendían montañas y tierras desconocidas que, por temor a los llamados “negros” o “raza Cunoi” el ser humano civilizado no se atrevía a explorar, así que sería un disparate afirmar que el mundo civilizado, donde habían comenzado los primeros asentamientos, era un isla rodeada por mar, pero eso era lo que soñaban los cobardes, y los cartógrafos.
Desde los primeros asentamientos humanos, que habían ido desarrollándose poco a poco, las ciudades se levantaron durante siglos, formando una monarquía absoluta, partiendo de los nobles que con puño de hierro aseguraron la prosperidad de las primeras ciudades, declarando a su estirpe durante generaciones los “Bendecidos por los Dioses”.
La magia estaba presente. Desde el amanecer del hombre, la magia, por alguna razón, siempre había estado allí, y desde luego, el hombre al principio la temió, pero como tantas otras cosas, la adaptó a sus necesidades una vez dominada.
Y, tras siglos de civilización en este mundo, en una noche, en unos pocos minutos tal vez, la situación de la humanidad se vio totalmente cambiada…
El señor Magley caminaba rumbo a su trabajo. Era temprano; el cielo bañaba la tierra con un azul oscurecido, casi amaneciendo. El hombre, ya mayor, portaba un bastón y maldecía cada vez que se quedaba encajado en la empedrada calle que cada mañana debía atravesar. No había nada abierto todavía. Los panaderos llevaban un par de horas despiertos, pero su trabajo dentro de sus talleres era silencioso. Llevaba haciendo el mismo recorrido hacia su trabajo durante más de treinta años, pero no se quejaba. Era una persona ya anciana que muy pocas veces se había planteado cambiar de rutina, y quizás le gustaba aquello… Disfrutar del frescor de la mañana a esas horas y el silencio en las calles que dominaba toda la ciudad en la que vivía, la llamada Ciudad de las Luces.
Pero aquel día, el señor Magley llegó a su trabajo más nervioso de lo habitual. Sudaba debido al paso ligero, y dedicar tanta prisa para trabajar era bastante extraño en él.
Llegó hasta una gran fachada con un portón sin cerradura ni clase alguna de argolla que se erguía majestuoso, como si fuera la entrada a un recinto carcelario… Casi. Era un orfanato. Sin nombre, sin identidad. Cualquier viajero que pasara por allí tomaría aquella fachada y aquel portón como la casa de algún adinerado.
El señor Magley introdujo su bastón en un extraño mecanismo en el centro del portón, quedando el largo apoyo en posición horizontal. El hombre puso sus manos en cada extremo, y giró en sentido contrario a las agujas del reloj hasta escuchar un “crack” que significaba que el portón estaba ya abierto. Recogió su bastón del mecanismo de la puerta, y empujó hacia dentro lentamente, abriendo de par en par el recinto.
Dentro había un pequeño portal oscuro con otra puerta. Había un pequeño agujero en el centro. El señor Magley introdujo su bastón en ese agujero, y todo quedó iluminado, quedando abierta la siguiente puerta, escuchándose otro “crack”. En ese mismo portal, el señor Magley recogió de una alacena una campanilla, y guardándosela en su chaqueta de pana atravesó la segunda puerta, que llevaba a unos laberínticos pasillos a modo de claustro, que rodeaban un patio central. Su trabajo de cada día era sencillo: Debía recorrerlos de un lado a otro haciendo sonar esa campanilla para que todo el mundo se despertara.
En mitad de uno de esos pasillos, esperaba de pie sujetando un cuadernillo de piel la señora Byssú, una de las encargadas del orfanato. Vivía dentro de él, aprovechando una de las celdas. Nunca se había casado y era una mujer entrada en años, corpulenta y con el pelo lacio y suelto y canoso, vestida con un pantalón apretado y una blusa oscura a medio abrochar. Su mirada imponía respeto y entre los niños se había ganado el apodo de “Tonel de hierro” por todas estas características.
El señor Magley, sin dejar de hacer sonar la campanilla llegó hasta su lado.
-Ay, señora… De las malas nuevas que traigo en este día -dijo cuando se hubo acercado a ella, aunque manteniendo las distancias, ya que a él también le imponía respeto aquella mujer que era incluso más alta que él-. ¿Qué será de nosotros, ¿qué será de este mundo?
-¿Qué ha ocurrido? -preguntó indiferente, mientras ojeaba su cuadernillo para apuntar la fecha de hoy, y la hora de la llegada del señor Magley.
-Dicen que el Rey ha muerto. Que fue asesinado anoche por alguien sin escrúpulos ni vergüenza alguna. Por lo visto le cortaron la cabeza y la dejaron clavada en un palo en un camino en lo alto de la colina para que todo el mundo desde la ciudad pudiera verlo…
-No sigáis, ya sabía lo que me iba a contar y esa noticia la sabía antes que vos -contestó con la misma indiferencia, cerrando su cuadernillo-. Y además, se va a desatar una posible guerra inminente entre los indeseables que quieren luchar contra los que quieren imponer un nuevo Rey.
-¿Y nosotros… -vaciló un momento, para que su pregunta no pareciera estúpida- de qué lado estamos, mi señora?
-De los vencedores, está claro. El Rey estaba Bendecido por los Dioses. ¿No le parece que sería una blasfemia estar del lado de los que quieren un mundo sin Rey?
El señor Magley no entendió muy bien la pregunta. Finalmente, asintió con la cabeza.
-Siga con su trabajo, señor Magley -ordenó la señora Byssú alejándose pasillo abajo-. Ah, y se me olvidaba… Sobre las doce del mediodía vendrá la milicia local para instruir a los mayores de ocho años en la espada. Estos niños sin padres no valen nada, y yo he llegado a un trato con ellos para que venguen a su Rey como es debido.
El señor Magley quedó un rato callado y quieto. Le costaba imaginarse a los niños mayores de ocho años de aquel lugar blandiendo una espada. Luego despertó de sus pensamientos y siguió tocando la campanilla por los pasillos.
Lentamente, las celdas de los pasillos se abrieron y empezaron a salir de ellas niños somnolientos; antes de desayunar, tenían que ir hasta el centro del patio y enumerarse. Casi ninguno de ellos tenía nombre, sólo un número grabado en su ropa a mano con pintura negra en la espalda. La señora Byssú estaría esperándolos allí para apuntar en su cuadernillo todos los números.
Así salieron uno a uno, algunos más despiertos que otros, corriendo, andando, o casi rendidos al sueño formando filas en el centro del patio. El Tonel de hierro les dedicaba su peor mirada, observando cada movimiento hasta que todos estaban en sus respectivas filas.
-¡Enumeraos! -ordenó, abriendo su cuadernillo y apoyando su lápiz en el papel.
Los niños empezaron a decir sus números alto y claro uno por uno. La señora Byssú sonrió malévolamente cuando hubieron terminado.
-Siempre faltan los mismos bastardos… -murmuró-. ¡Esperad aquí sin moveros! Cuando vuelva, os quiero ver desfilando hasta el comedor. Hoy hay sopa de ostra para desayunar.
Mientras se alejaba del patio dando largas zancadas dirigiéndose a las celdas, pudo escuchar las quejas de los niños tales como “¿Otra vez lo de las ostras?” “Siempre la misma mierda…” pero no hizo caso, estaba tan furiosa que imaginó en su cabeza como quedarían las orejas de los niños que faltaban como collar.
Entró en una de las celdas de golpe, provocando un choque entre la puerta y la pared. Allí estaban los que faltaban, efectivamente.
Estaban sentados en círculo, alrededor de una alfombra, jugando a las canicas. Uno de ellos seguía durmiendo.
-Quiero saber por qué Veinticuatro, Once, Ochentaisiete y Diecinueve no están donde deben estar -quiso saber la señora Byssú, desabrochándose la correa de sus pantalones apretados.
-Cuidado, no se te vayan a caer los pantalones -dijo Once.
Los demás rieron. La señora Byssú no se lo pensó dos veces y le atizó con la correa.
-Once, tú te lo has buscado -dijo ella, haciendo caso omiso de los gritos de dolor que soltaba el niño-. Tres subnormales jugando a las canicas y uno encima durmiendo todavía… Muy bonito… Os quedáis sin desayunar, pero a las doce volveré a por vosotros. Y volveré con un bichero por si hace falta sacaros a la fuerza.
Y diciendo esto, se abrochó la correa, disfrutando de cómo le había dejado la espalda a once, que gemía con los ojos cerrados tumbado a sus pies y se marchó, dando un portazo.
-Y no me llamo Once, tía puerca. Mi nombre es Rana -dijo mientras se levantaba.
-Siento que hayas tenido que ser tú hoy el que reciba golpes, Rana -dijo la niña que respondía al nombre de Veinticuatro mientras guardaba las canicas en una bolsita.
-No importa -contestó él-. Lo importante es que no descubra nuestro plan, Duplica -miró la cama donde dormía Ochentaisiete-. ¿Y éste? ¿Piensa levantarse o qué?
-¡Quiero dormir! -contestó, y se tapó hasta arriba, dejando sus pies al aire.
-Pues sigue durmiendo, gordinflón -reprochó Rana-. Bueno, deberíamos repasar nuestro plan…
Los niños se levantaron de la alfombra y la apartaron, descubriéndose dibujado con tiza sobre las losas del suelo una especie de plano del orfanato. Rana se había ganado su apodo. Había intentado saltar varias veces los muros del lugar, sin éxito.
-Esta vez nada fallará -dijo con ánimo Duplica.
Duplica era una experta en doblar la comida. Sabían que tras su huída tendrían que comer algo, ya que carecían de dinero. Sabía esconder muy bien las empanadillas que les daban para merendar y simular que no se había comido la que le pertenecía para que le dieran otra ración. La comida la guardaba bajo una losa suelta debajo de su cama.
-¿Risii podrá llegar hasta este tramo sin que le vean? -preguntó Rana al chico que tenía grabado en la ropa el número diecinueve.
-Sí -contestó él señalando un lugar del plano-, si ponemos como cebo a Timo en este otro lugar.
Risii era llamado así, porque era el único niño que había llegado al orfanato que recordaba su lugar de procedencia, la ciudad de Fuente Risii. Era rubio y de piel más oscura que el resto. No sabía saltar tan alto como Rana, pero tenía la peculiaridad de correr muy deprisa.
Timo era el nombre del niño dormido. Le encontraron timando a los transeúntes con un viejo truco de cartas para ganarse la vida hacía año y medio. Era el más corpulento de los cuatro.
-Poned la alfombra en su sitio… -murmuró Rana-. Se acerca alguien…
Taparon el plano velozmente con la alfombra. Pero por suerte no era la señora Byssú, sino otro niño con el número veinticinco en su ropa. Le llamaban Chivo.
-Chicos, os tenéis que preparar pronto para la visita -dijo-. Y de esto no deberíais escaquearos.
-¿Qué visita? -quiso saber Duplica.
-Hoy vendrá la milicia. Creo que va a empezar una guerra…
Chivo se había hecho famoso en el orfanato por contar secretos y chismes a todo el mundo. Rara vez había fallado en sus testimonios, eso era lo malo esta vez.
-¡¿Una guerra?! -saltó entonces de la cama Timo.
-Así que por eso dijo la señora Byssú que volvería a por nosotros a las doce… -musitó Risii.
-Dicen que se han cargado al Rey, y que por eso va a empezar una buena -informó Chivo-. Me he enterado de que la milicia viene a reclutar a los mayores de ocho años. O sea, que vamos a espicharla…
-¡Maldita sea! -se irritó Rana-. Nuestro plan de huida va a tener que adelantarse, me temo. No estoy dispuesto a espicharla en una guerra que no sé ni de qué va…
-Pero eso es imposible -se alteró Risii-. No podemos hacer esto tan rápido, podría salir algo mal y entonces sí es verdad que la espicharíamos, pero bien.
-Ya te digo que la espicharíamos -dijo Timo, ya levantado de la cama.
-¡A ver, nadie aquí va a espicharla! -gritó con cólera Duplica-. Si tiene que hacerse rápido se hace… ¿En cuánto tiempo podemos prepararnos bien?
-Repasando todo el plan. En unos cuatro días -dijo Risii.
-Pues se hará en cuatro horas -sentenció Duplica.
-Eso es imposible.
-Pues tendrá que ser posible, o nos llamarán a filas…
Todos quedaron callados por un instante.
-Bien, tendrá que ser hoy… -decidió Rana-. O eso, o a la guerra…
Rana suspiró. No tenemos demasiadas opciones, pensó. La idea de servir al mundo llevando una espada podría parecer desde fuera una oportunidad única para salir de allí. Pero sabían de sobra lo que era la guerra. Habían visto demasiados tapices con gente ensangrentada enfrentándose con dragones y trasgos mitológicos. Era una falsa oportunidad. El peor camino que podían tomar.
-Sí -afirmó Rana-. Debemos salir de este antro cuanto antes. Y debe ser hoy, antes de que…
La puerta volvió a abrirse. La señora Byssú había cumplido su palabra. Había vuelto a la habitación con un bichero.
-Las doce menos diez -dijo, con una malévola sonrisa, sin perder de vista a los niños-. Os quiero ver en el patio en menos de tres minutos.
Los niños tuvieron que obedecer. La imagen del a señora Byssú portando un bichero podía resultar cómica o aterradora según se mirase. Fueron saliendo uno por uno al patio, donde, tras desayunar, los demás niños volvieron a hacer filas y a enumerarse.
Pero en el patio había alguien más. Un hombre con armadura, armado con una espada y un estandarte que clavó en el suelo arenoso del lugar. El estandarte era la bandera de Vía-Valúa: Un árbol verde sobre un fondo azul.
-Buenos días -dijo el hombre a los niños. No obtuvo respuesta alguna-. ¡He dicho buenos días!
Los niños esta vez sí contestaron, a destiempo y con voz apagada. Sabían bien a qué había venido ese hombre.
-Bien así me gusta. Críos de los mil demonios… -se subió a una viejo canasto de tomates vacío y sacó una vitela-. Bien, aquí tengo apuntados los números de los niños que mandaremos a los cuarteles. No se os pagará nada. Pero tendréis alojamiento y equipo. A las cuatro de la mañana en pie y comenzará la instrucción; esperamos una inminente guerra por parte de los movimientos radicales del norte… Eso es todo…
-¿Eso es todo? -le susurró Risii a Rana, que estaba justo delante de él en la fila-. Ni siquiera conocemos esos movimientos subnormales de los que habla el tío este.
-¿Qué más da? Yo paso de luchar. Así de claro -dijo Rana en un tono más alto.
-Chicos, me da que de aquí no tenemos escapatoria... -se lamentó Timo-. En cuanto diga nuestros números, nosotros tenemos que…
-¡Ochentaisiete! -exclamó el miliciano-. ¡Aquí!
-Mierda, me cago en…
Timo tragó saliva y se acercó hasta el miliciano. Éste le echó un rápido vistazo y afirmó negativamente con la cabeza.
-Demasiado gordo -sentenció-. Fuera de mi vista.
Timo no se lo podía creer. Se había librado. Miró hacia sus compañeros e hizo una señal con el pulgar hacia arriba. Luego volvió a la fila.
-Sabía que mis michelines algún día me servirían para algo.
-Tú te has salvado por gordo, ¿pero qué hay de nosotros? -dijo Rana.
-¿Y si simulamos que también estamos gordos? -comentó Risii.
-Sí, membrillo… ¿Y cómo hacemos eso? -dijo Rana.
No obtuvo respuesta. Durante un rato el miliciano siguió nombrando números y los niños fueron colocándose a su lado.
-¡Veinticuatro! -vociferó el miliciano.
Duplica suspiró. Estaba a punto de echarse a llorar. Avanzó a pasos cortos, mirando al suelo hasta que llegó al lado del miliciano.
-¿Una niña? -dijo el miliciano, apartándola de su lado-. Tú mejor te quedas aquí. Necesitamos mujeres que aprendan a hacer flechas y curtan el cuero para fabricar aljabas.
Duplica no entendió muy bien las palabras del miliciano. Pero se sintió bastante aliviada de no tener que ir a la guerra. Volvió a su sitio en la fila. Los demás niños comenzaron a llorar y a gemir por lo bajo mientras el miliciano seguí nombrando números al azar.
-Tú también te has salvado, Duplica -le dijo Rana-. Joder, tú y Timo tenéis una potra…
-No creas -dijo Duplica-. Me van a poner a hacer flechas. Imagino que montarán un taller de niñas aquí, en el orfanato… Y ni siquiera sé lo que es curtir el cuero…
-Pero siempre es mejor que ir a la guerra -dijo Risii.
-¡Once! -vociferó el miliciano.
-Maldita sea…
Rana avanzó lentamente. Veía tras el miliciano al montón de niños que sollozaban y se acurrucaban entre ellos como si fueran ganado. Él sería el siguiente en entrar en ese vínculo. No vería en un tiempo a sus amigos Duplica y Timo. O quizás nunca más si moría en la guerra.
-Más rápido, niñato -ordenó el miliciano-. Hay muchos niños que reclutar hoy.
Rana tropezó y cayó cuando estaba justo ante el miliciano. Los demás niños por un momento cambiaron sus lágrimas por carcajadas.
-Encima de memo, torpe -el miliciano recogió a Rana del suelo cogiéndole por la camisa- Ponte junto con los demás. No os quiero muy lejos de mi vista.
Empujó al muchacho, que había cambiado el gesto de su cara. Intercambió una mirada con Risii y le guiñó un ojo a éste.
-Te ha guiñado un ojo -dijo Duplica por lo bajo.
-Ya me he dado cuenta. ¿Quiere eso decir que estamos todos salvados?
-Me parece que vas a tener que esperar a que digan tu número para saberlo…
El miliciano siguió diciendo números durante un buen rato. Risii no apartó la vista ni un momento de Rana, cuyo rostro no parecía tan entristecido como el de los demás que se apretujaban entre él y el miliciano. ¿Qué estaba tramando?
-¡Diecinueve!
Risii avanzó a paso ligero. Los demás niños le miraron extrañados, como si el chico quisiera ir a la guerra de verdad. Se puso al lado de Rana, quien le hizo un ademán para que estuviera callado y mirara lo que tenía escondido en el bolsillo, que entreabrió con los dedos.
Era una llave.
-¿De dónde has sacado eso? -susurró Risii, aprovechando que el miliciano seguía nombrando números.
-Lo tenía el tipo este en la bota.
-¿Y abre…?
-¡No tengo ni idea! -exclamó, pero intentando no hacer ruido-. Pero ahora tenemos una llave y él no… Ya es algo…
-Estupendo… Tenemos una llave, ¿de dónde? Lo mismo es del candado de una caseta para perros…
-Ten fe -sonrió Rana-. Nadie esconde una llave en una bota si no es de un lugar importante.
El miliciano enrolló la vitela.
-Bien, ¿ya están todos? -lanzó una mirada a la señora Byssú, que afirmó con la cabeza al otro lado del patio-. Este lugar será un punto de fabricación de flechas y herrería… Las niñas, fabricarán las flechas. Quiero ver a los niños gordos sudando en la forja y recibiendo una comida menos al día. Volveré a por ellos dentro de un mes. Espero que por entonces hayan adelgazado bastante -se volvió hacia los temerosos niños escogidos-. Vosotros, seguidme.
Rana, seguido por Risii, se pusieron a la cabeza del grupo. Ran sabía que para salir del orfanato, el señor Magley debía acompañarles hasta la puerta. Era uno de los puntos clave.
-Risii, mira detrás de ti, por encima de los demás -dijo Rana dándole un golpe con el codo-. ¿Ves al señor Magley por algún lado?
-Sí -obedeció Risii-. Y no lleva el bastón.
-Exacto. Y creo que sé dónde está. En ese pequeño portal que hay en la entrada, donde guarda la campanilla. El señor Magley es la clave de todo. Su bastón sirve para abrir y cerrar el edificio.
-Sí, pero no podemos quitarle el bastón, porque lo utilizará para abrir la puerta.
-Ahí es donde entras tú… -Rana palpó su bolsillo-. Si la llave es de donde creo que es, tienes que simular una caída cuando llegues al portal, y quedarte al lado del señor Magley hasta que salgan todos los demás.
-¿De qué servirá eso?
-Para impedir que el señor Magley dé la alarma. Serás un muro ante la puerta.
-¿Cómo? -exclamó Risii sorprendido.
-Confía en mí, por favor…
Llegaron hasta el portal. Allí estaba encajado en el centro el bastón del señor Magley. El miliciano se detuvo ante la puerta. El anciano llegó casi correteando, sacó su bastón del agujero y lo clavó en otro orificio de la puerta para abrirla. Giró, y las puertas se abrieron.
Fuera había al menos seis carruajes con las puertas abiertas.
-Es el momento, Risii… Ahora…
Risii dio un traspié en el portal, quedando ante los pies del señor Magley. Éste refunfuñó ante su torpeza, y le cogió por la camisa para incorporarle. Los demás niños salieron, quedándose solo con el señor Magley.
-Vamos -le empujó el anciano-. No te quedes atrás.
Rana alivió el paso para poder meterse en el primer carruaje. Con él entraron otros tres niños más. Cerraron la puerta. Sería el momento de la verdad…
El miliciano se agachó para hurgarse la bota. Al ver que no encontraba su llave, hurgó más en profundidad. Pero antes de que pudiera darse cuenta, la puerta del carruaje le golpeó en la cara, tirándole de espaldas. Los tres niños y Rana salieron con rapidez y cuando estuvieron en la calle junto con los demás, echaron a correr en todas direcciones.
-¡No corráis! -clamó Rana cuando los vio huir-. ¡Tenemos que sacar a los demás! ¡A por el señor Magley!
El anciano se asomó a la puerta al oír semejante alboroto. Vio cómo un tropel de niños iba corriendo hacia él. No le dio tiempo a darse la vuelta y llamar a la señora Byssú, pues Risii le bloqueaba el acceso al claustro.
Cinco niños se lanzaron contra el señor Magley para derribarle. Durante el forcejeo, Risii se hizo con su bastón y lo clavó en el agujero del portal. La segunda puerta del recinto estaba abierta. Rana se hizo con la campanilla de la alacena.
-¡Salid todos! -gritó a pleno pulmón Risii-. ¡Las puertas están abiertas! ¡SOMOS LIBRES!
Rana acompañó sus gritos con el sonido de la campanilla. Los niños entonces de manera súbita se apartaron del cuerpo del señor Magley. Y echaron a correr.
-¿Qué ocurre? -Rana miró atrás y soltó la campanilla de golpe.
Risii vio cómo el cuerpo de su amigo caía en redondo contra el suelo. El miliciano estaba junto a él, con la nariz rota. Lo último que recordó fue una fuerte bofetada que le tiró al suelo, al lado de su amigo y compañero.
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