-¡Vais a estar forjando espadas hasta que os sangren los dedos!
Rana y Risii fueron conducidos hasta la improvisada forja que habían instalado en el orfanato. Habían usado la cocina, donde se encontraban varios hornos de piedra colocados en fila para amasar pan. Cuando llegaron, los dejaron allí tirados de una patada y con la puerta cerrada a cal y canto.
Les dolía todo el cuerpo. Tras su fallido intento de escapar del orfanato, el miliciano les había dado una buena paliza… Seguida de unos cuantos bastonazo del señor Magley… Y seguida de unos cuantos correazos de la señora Byssú.
Tirados en el suelo, con el cuerpo lleno de moretones, solos, y sin nadie que los oyera, los jóvenes opinaron sobre sus métodos de convención para que ejercieran tan arduo trabajo:
-¡Pedazos de mierda! ¡Cojo asqueroso! ¡Gorda sin freno! ¡Un tonel debías de ser para que te tiráramos rodando por un barranco!
Calmada su ira, intentaron levantarse del suelo lentamente, quejándose y apoyándose en la pared, mientras con la otra mano frotaban sus heridas.
-Debería darte una paliza -espetó Risii-. Tú y tu magnífico plan de huída.
-Hey, ¡el plan era magnífico! -se excusó-. Si no fuera porque la mitad salieron corriendo en todas direcciones, no estaríamos como estamos… Encerrados en una habitación esperando a que nos traigan metal para luego pasar más calor que pollos asados.
Risii se acercó una silla y se sentó maldiciendo.
-Hasta el hueso del culo me duele… Duplica debe estar en alguna otra habitación convertida en taller. A Timo lo traerán aquí junto a los demás niños gordos de un momento a otro.
-Qué esperanzador…
Por unos altos y pequeños ventanucos entraba la luz de la calle. Era imposible escapar por allí debido a su estrechez. La puerta daba directamente al patio. En el caso de poder abrirla, serían presas fáciles de ver desde cualquier parte del claustro. El señor Magley los vería mientras hacía la ronda, y no tardaría nada en hacer sonar su campanilla. Estaban perdidos, y en eso coincidían ambos.
En la habitación, además de los hornos, alguien esa mañana había apartado las mesas donde normalmente cocinaban y las habían arrinconado junto con las cacerolas y los aparejos de cocina. En su lugar había yunques y martillos, algo parecido a unas tenazas y un cubil lleno de clavos viejos.
-Me parece que aquí poco veremos el sol -dijo Rana mientras miraba el panorama desesperanzado.
-Debe de haber una manera de salir de aquí -Risii señaló a su amigo-. Y esta vez la idea será mía, ¿entendido?
-Vale -Rana se encogió de hombros-. El plan que teníamos ideado tú, Duplica y yo ya no podemos hacerlo, así que da igual…
-Esto se está poniendo feo… ¿Y por qué una guerra ahora? No lo entiendo…
-Cosas de mayores… No lo entenderíamos nunca. Un momento… Escucha…
El cerrojo de la puerta giró, y se abrió de golpe. Por ella entraron cinco niños, entre ellos Timo, empujados por el señor Magley con su dichoso bastón.
-Ya os han explicado lo que tenéis que hacer -gruñó el señor Magley, tirando bruscamente un fardo de espadas rotas contra el suelo-. Esta noche quiero ver espadas relucientes donde reflejarme, ¿entendido?
Y cerró la puerta de golpe. Los niños le dedicaron varios improperios mientras con desgana se agachaban a coger el fardo. Timo no hizo nada, Tenía las mejillas llenas de surcos por haber llorado y las palmas de las manos ensangrentadas. A él también le habían pegado.
Risii se acercó a él de forma consoladora.
-Lo siento, Timo. Las cosas no han salido como creíamos.
Timo se apartó bruscamente del lado de su amigo sin decir palabra. Estaba realmente enfadado.
-¡Lo siento, de verdad! -Risii volvió a su lado-. Todo hubiera ido bien de no haber sido por los niños que salieron en todas direcciones.
-Ahora resulta que mi plan sí era bueno… -murmuró Rana.
-Escucha, Timo -el chico le dedicó una mirada inquisidora, pero al menos quería escucharle-. Encontraremos otra forma de escapar… Te lo prometo.
-No -y volvió a apartarse del lado de Risii-. Se acabó. Está escrito que debemos pudrirnos aquí hasta que seamos mayores y nos echen…
-¡Ni se te ocurra decir eso! -gritó Rana, ajeno a la conversación-. Saldremos de aquí cuanto antes. Pero debemos encontrar el modo de sacar también a Duplica -los demás niños le miraron desconsolados-. Y a vosotros, claro…
La puerta volvió a abrirse. Todos en alerta.
-Aquí tenéis.
Era el señor Magley dejando un barril vacío al lado de la puerta.
-Lo llenáis de espadas terminadas y lo tapáis bien. Por ahí atrás creo que hay clavos. Mañana por la mañana vendrán a por él. Así que quiero rapidez, o lo único que comeréis será la ceniza de los hornos.
Cerró la puerta de un portazo, como siempre. Rana soltó una carcajada. Los niños se quedaron mirándole, como si fuera una broma pesada.
-¿No es evidente? -les dijo.
El carruaje empujado por dos caballos negros prescindía de ventanas, salvo una pequeña mirilla en la parte posterior, donde también estaba la puerta de acceso. Era el carruaje utilizado para los reos.
Se detuvo frente a las puertas del Consejo, un lugar prohibido a los visitantes a la vez que totalmente secreto, excepto para los milicianos que lo vigilaban, aunque ellos vivían allí y les estaba prohibido salir. Eran unos reos más en aquel lugar, pero armados y comían mejor.
-¿Qué traéis aquí? -preguntó el guardia de la puerta al cochero. Éste no habló, se limitó a pasarle una vitela enrollada-. Bien, veamos…
Lo escrito en la vitela era corto y directo. Un mensaje bastante claro de lo que esperaba impaciente dentro del carruaje: Asesino del Rey.
El guardia corrió a la parte posterior del carruaje. No escondió el asombró que le invadió cuando se asomó por la mirilla y vio una oscura figura sentada y encadenada, tan delgada que probablemente no podría ni coger una espada sin caerse por su peso.
-¿Seguro que es el asesino del Rey? -preguntó al cochero. Éste afirmó con la cabeza-. Bien… Adelante.
Hizo una señal con la mano hacia las almenas superiores y las puertas empezaron a abrirse, seguidas de un sonido entrecortado de cadenas y poleas interiores.
El carruaje avanzó al interior del lugar. Dentro había un viejo patio rectangular rodeado por muros de ladrillo, maleza y escombros. Nadie hubiera creído que era el lugar donde se reunía el Consejo de Gobierno, más bien parecía la villa de algún rico que sólo la visitaba una o dos veces al año. La tapadera perfecta.
El mismo guardia hizo otra señal con los brazos y en seguida el carruaje se vio rodeado por otros tres guardias con las espadas desenvainadas. El cochero bajó del carruaje, sacó un manojo de llaves y lentamente introdujo una de ellas en la portezuela de la parte posterior.
El reo bajó lentamente. Estaba más delgado de lo que había podido escudriñar en la oscuridad el guardia anteriormente. Aun así, nadie pudo verle el rostro. Vestía una túnica y un capuchón ocultaba parcialmente su cabeza, cuya barbilla apoyada en su pecho y su andar encorvado se encargaba de ocultar los rasgos de su cara. Estaba esposado, y no opuso resistencia cuando le empujaron hacia la única puerta medio derruida que llevaba al interior del lugar.
Sólo había una habitación allí, que olía a heno viejo y heces de animal. El techo estaba medio derruido, con las vigas de madera transversales partidas en el suelo, y donde otrora estuvieran, se abría un boquete en el techo por donde en días de lluvia podía entrar el agua perfectamente. Lo importante de esa habitación era la mesa alargada en el centro del lugar, ante una chimenea encendida; en ella se encontraban nueve miembros del Consejo, entre ellos, un famoso aristócrata, el Conde de Órobor.
Los guardias acompañaron al reo ante la mesa alargada. Seguía encorvado, sin mostrar su rostro.
-¿Nombre? -Preguntó uno de los miembros del consejo, el más alto y barbudo, mojando una pluma en su tintero.
-¿Qué importa mi nombre? -dijo con desdén el reo.
Los miembros del consejo murmuraron entre ellos durante un rato.
-Bien, no quieres dar tu nombre -dejó la pluma apoyada en el tintero y se cruzó de brazos-. Quitadle la túnica. Tal vez alguno de nosotros le haya visto alguna vez.
Los guardias obedecieron la orden. Bajo la túnica el reo llevaba una armadura dorada y una capa de terciopelo azul. Sus ojos estaban vendados para que no revelara el escondite del Consejo y su cabello largo recogido en un pañuelo. Cuando todos vieron aquella armadura dorada, comenzaron otra serie de murmullos entre ellos.
El miembro del Consejo que había hablado antes, que además ocupaba el centro de la mesa alargada, se levantó:
-¿Alguno de los presentes ha visto antes a este hombre?
Uno por uno fueron diciendo un no, incluido el Conde.
-Bien -tomó asiento.
Un guardia se acercó hasta la mesa.
-Señores… -hizo una reverencia rápida-. Se declaró culpable, yendo a uno de los cuarteles de la ciudad de Fuente Risii. Iba vestido con la armadura que los testigos describieron.
-Pero falta el casco -señaló uno de los miembros del Consejo. Era rollizo, como el Conde, pero éste tenía una sedosa melena larga y aparentaba al menos más pulcritud que su compañero de mesa.
-No llevaba el casco, mi señor. Pero sí portaba algo… -dejó un libro envejecido sobre la mesa-. Parece una especie de diario personal.
-¿Un diario? -preguntó el miembro de la larga barba, ojeándolo por encima.
-Sí, mi señor. Al menos eso es lo que nos ha dicho el cochero que le trajo hasta aquí.
-¿Esto es un diario? -preguntó el miembro de la larga barba al reo.
-Sí… -musitó.
-Bien, al menos parece que no eres mudo. Siento curiosidad, pero no podemos pedirte que nos lo leas en voz alta porque tus ojos seguirán vendados hasta que estés encerrado en una celda. Yo mismo leeré alguno de sus pasajes…
-No hace falta -contestó él-. Sé de memoria todo lo que pone en el diario.
-Bien, pues empieza…
-¿Y por dónde empiezo? ¿Por el principio de mi vida? ¿O vamos directamente a la parte en la que mato al Rey?
La osadía de sus palabras asombró a los miembros del Consejo.
-Quiero saberlo todo, empezando por tu nombre -dijo con desdén el miembro de la larga barba.
-¿Qué importa mi nombre? Rehúso de decirlo.
-Podemos azotarte hasta que nos lo digas.
-Eso me da igual. En mi diario no aparece mi nombre. Un nombre es un nombre, nada más…
El miembro de la larga barba suspiró.
-Bien, de acuerdo… Azotarte no te hará decir tu nombre, así que olvidémoslo por el momento. Comienza tu historia. Yo te seguiré leyendo el diario para saber si lo que dices es cierto o no.
El reo tomó aire, y empezó:
Del diario del reo:
Hoy, vinieron unos hombres armados a casa. Hablaron un momento con mis padres, y vi cómo se acercaron a mí sonrientes. “te vamos a llevar a un lugar mejor que éste”, dijeron, y me arrastraron hasta la puerta con un forcejeo por mi parte.
El reo se tomó una breve pausa, y continuó…
Mi padre se opuso a tal decisión ajena a nuestra casa y… Le ejecutaron allí mismo, sentenciando que era por el bien del mundo. Que su sangre había sido derramada por una causa justa, y que la libertad exigía sacrificios. Se acercaron a mí y me dijeron que mi padre había sido un héroe, que había muerto para que otros muchos pudieran vivir. Nunca olvidaré la cara de aquella persona que vino a casa.
El reo tomó otra pausa, y continuó…
Más tarde, me llevaron hasta un carruaje, donde había más personas esperando. Eran niños de más o menos mi edad. Algunos estaban llorando. Otros me miraron con ojos inquisidores cuando entré dentro del carruaje. Cerraron bien la puerta y los caballos echaron a andar. No entendí nada. No sé para qué esa mañana me habían sacado de mi casa, ni por qué mi padre había tenido que morir… Yo sólo pensaba en el rostro de la persona que había dado la orden, allí presente. Mi mente estaba confusa, había pasado todo tan rápido que no sabía si unirme a aquellos que estaban llorando o a los que me miraban con furia… Entre los demás niños, hubo una niña que me llamó la atención. No lloraba, ni estaba ungida por la rabia. Miraba con ojos tristes por la ventanilla del carruaje. Mis ojos pasaron todo el viaje posado en su rostro. Era blanco, inmaculado, y su cabello, no demasiado largo, se volvía castaño claro con la luz del sol.
>>Los niños seguían sollozando sin parar, hasta que de pronto, nos detuvimos en seco. Un guardia nos vociferó que bajáramos lentamente y uno por uno fuimos bajando. Lo que vi ante mí fue un precioso palacio, como cien casas como la mía. ¿Volvería a ver mi casa? ¿Volver a ver a mi madre? La respuesta era un rotundo no. El guardia que nos había pedido que bajáramos del carruaje nos empujó a todos para que viéramos mi ciudad, que se alzaba en una colina. Me pidió que mirara atentamente. Vi un hilillo de humo ascendente. Me dijo que aquel humo era mi casa… Y que mi madre estaba dentro cuando ocurrió. Me dijo que había sido un tal Ígnathar el que había quemado a mi madre viva dentro de casa… Lloré, tirándome al suelo por la rabia y la impotencia… Entonces se acercó a mí aquella niña y me sonrió. Su cara era tan dulce, tan inocente. Yo, desde mis lágrimas, esbocé una sonrisa. Me tendió su mano, y yo la cogí.
-Basta -ordenó el miembro de larga barba-. Por hoy, basta. Seguiremos más adelante -hizo una señal al guardia-. Llévate a este muchacho a una celda. Mañana quiero verle sobre esta hora aquí de nuevo.
El guardia tomó al reo por el brazo.
-¡Espera! -ordenó el miembro de larga barba-. Antes de llevártelo, hay algo que me gustaría preguntar a nuestro nuevo huésped.
El guardia se detuvo, soltando bruscamente al reo.
-¿Podrías describirme cómo era el casco que llevabas puesto el día de la ejecución del Rey?
El reo dudó un momento…
-Tenía visera… Y un penacho de plumas en lo alto…
El miembro de larga barba quedó callado un momento.
-Bien, puedes llevártelo. Mañana seguiremos con esta charla.
El guardia obedeció, cogiendo al reo de nuevo del brazo y empujándolo hacia la salida de la ruinosa estancia.
-¿Por qué esa pregunta? -quiso saber el miembro rollizo de larga melena.
-Porque no coincide con la descripción de los milicianos heridos que volvieron del lugar… Este muchacho no mató al Rey…
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