Dorgo la miró aterrado. No podía dejar de gritar y llorar al mismo tiempo. Estaba muerta. Y él era el culpable.
Recordó el día anterior. Eníe había vuelto a su vida. La amaba, estaba seguro, y también estaba seguro de que todo esto pasaría.
Habían estado juntos durante todo el día, expresando su pasión desde el momento en que la besó. Bebieron mucho, demasiado, a decir verdad. Ella seguía siendo la chica vivaz y fuerte que Dorgo recordaba. Pocas palabras del pasado intercambiaron, por no decir ninguna. Todo era pasión ese día. Aquella pasión que murió hacía diez años y que ahora, había vuelto a sus vidas, de forma casual, quizás.
Extrañamente, esta vez lo recordaba todo. Los besos, las caricias, el sexo…
-No… -gimió, mientras la miraba.
El sexo vino después, por la noche. No tuvieron más que subir las escaleras. Estaba tan borracho... Jamás lo hubiera hecho de no estarlo. Tampoco hablaron demasiado en su habitación. Ni siquiera el olor a vómito apagó aquella llama.
Pero todo cambió…
Sus manos, que acariciaban su cuerpo desnudo, cambiaron hasta convertirse en afiladas garras. Sus apasionados besos se transformaron en violentos mordiscos. El sabor salado de la sangre aun estaba en su boca. Pronto las sábanas se llenaron de ese color rojo. Eníe comenzó a gritar de dolor, pero aquella bestia que tenía ante ella ignoraba sus súplicas, hasta que fue demasiado tarde.
-Eníe…
La bestia dejó de ser bestia, cuando su presa murió. Y durmió, exhausto, al lado de su cadáver. Ya no era bestia, pero estaba sin conocimiento. La sorpresa vino después, cuando el amanecer llegó, y el otrora amante descubriera su papel de asesino.
Eníe yacía muerta, con numerosos arañazos en su cuerpo ensangrentado, y su rostro de sorpresa y miedo aún seguía allí, y ella ya no podía cambiar su expresión, ni siquiera para pedir una explicación a todo aquello.
Dorgo se tiró al suelo, llorando, gritando, golpeando el entarimado.
-Eníe, Eníe, Eníe, ¡Eníe!